“Mujer, he ahí a tu hijo.”
“Y desde aquella hora la recibió el discípulo consigo.”
Y Jesús la confió al discípulo amado, para que caminase junto a ella y le diese consuelo. Consuelo que, en la tarde-noche de Viernes Santo, te da tu pueblo: todo Arahal es San Juan para estar a tu lado.
Virgen de las Angustias, grabado a fuego llevas el dolor en tu nombre. La Virgen con cara de niña, que derrama lágrimas de angustia por el Hijo amado. El verde esperanza de los nazarenos que te acompañan forma una dulce alfombra de mieses para que pises con cuidado en tu majestuoso peregrinar.
Precioso paso de palio que cubre a la Virgen con cara de ángel. Entre candelabros de cola que tintinean a cada “levantá” y a cada mecida, recordando con sus anclas y campanillas a los hombres de la mar, el señorial paso renacentista despierta las emociones de los cientos de arahalenses que contemplan con gozo la plasticidad de su conjunto.
Es contradictorio: te siento llena de angustia y, sin embargo, al mirarte me sonríes. Tienes ternura en tu rostro, y en las manos la blanca brisa que sostiene entre tus dedos un pañuelo de esperanza.
Hoy no sólo tienes tu angustia, también la de las madres y padres que ven morir a sus hijos, o la otra muerte: la del alma, la del corazón roto, la de la angustia… como la tienen los padres de niños desaparecidos, que han de pasar la noche descifrando la suerte de los que nacieron de sus entrañas.
Por eso hoy te pido, madre mía, porque quiero ser egoísta y quitarte protagonismo, que des aliento a esas familias y no eches en olvido a sus hijos. Vela por ellos para que aparezcan; nosotros rezaremos por sus vidas. Te lo pido, Señora, porque en tus ojos la esperanza se refleja.
Quisiera ser el manto que te cubre, o el San Juan que te acompaña, o el refugio del pecador, o el jardín de tu divina gracia. Con qué gracia caminas entre flores y candelería, entre bambalinas y ceras, o cubierta de marinería.
Con dulce paso prosigues tu camino de regreso y, al pasar la Corredera, más grande es mi esperanza: esperanza y angustia, angustia y añoranza; esperanza de que sigas, añoranza porque acabas. Desde el cielo, las estrellas una a una te acompañan para posarse en tu corona y quedarse entre tus plantas.
¡Virgen de las Angustias, madre mía de la Esperanza!
¿Quién te hizo, madre mía,
que es tan tierna tu mirada?
¿Quién cubrió de leve risa
tanta pena desgarrada?
¿Quién te puso el verde manto
que blandió de hermosura mi delirio?
¿Quién sirvió de dulce remanso
a la tortura y al martirio?
¿Quién te ayudó a caminar
por el sendero de la amargura?
¿Quién te supo aliviar
tus desgarros de locura?
¿Quién acarició tu corazón dolorido
y despertó a la rosa mustia?
¿Quién dejó al sueño vencido?
¿Quién te puso de nombre… ANGUSTIAS?
D. Antonio Rodríguez Lozano
Extracto del Pregón de la Semana Santa de Arahal de 2008
