«Y en un monte llamado Calvario fuiste crucificado, y en ese Calvario terminó tu suplicio. Allí se burlaron, se mofaron y hasta fuiste despreciado.» «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» De la hora de sexta hasta la hora de nona, la tierra quedó en tinieblas, huérfano de luz el mundo.
Y en Arahal, a esa misma hora, comienza nuestra Esperanza… Esperanza para cambiar un mundo falto de fe, Esperanza para ayudar al marginado, al oprimido, al afligido; Esperanza del último aliento dibujado en tus ojos derrotados y Esperanza para volver a abrirlos; Esperanza de una sociedad coherente y pacífica y Esperanza para conseguirlo.
Y así, cubierto de Esperanza, tras una corriente de antifaces verdes, se presenta ante su pueblo el imponente Crucificado de Arahal, obra maestra que plasmara Pineda Calderón, ayudado seguramente por querubines celestiales. Soberbia talla que magnifica la gran Semana Santa de nuestro pueblo.
Aparece Cristo sumergido en un caminar lento y cadencioso, poniendo su mirada en los muchos Cristos vivos que a nuestra memoria llegan: aquellos que sufren su particular camino del calvario y soportan la desesperación, la soledad o cargan con injustas guerras creadas por la mano del traidor. ¡Qué muerte tan injusta! ¡Cuán largo fue el camino para llegar al Calvario! Y Arahal se hace evangelio para cambiarte la fría rigidez de tu rostro, que hiela hasta los corazones de los de fe rezagados. Te veo caminar al compás de sones procesionales de frágil armonía, y no acierto a describir el bello contraluz que me produce tu anatomía con los fugaces rayos de sol que aparecen por la calle Juan Pérez. La marcha se hace más tardía y tus brazos abatidos son un abrazo al mundo. Es tu muerte redentora, cuando por calle Portería te diriges a la Victoria, y la herida de tu costado de nuevo brota derramando amor a los cofrades.
A golpe del martillo de tu capataz irás soportando la hiel de tu destino, y seguirás tu camino por las calles de Arahal. El pregonero continuará entusiasmado cuando, ya entrado en calle Duque, los balcones se arrodillen para acariciar tus manos y no dejarte escapar; y éstos llorarán tu muerte cuando te pierdas en la espesa noche, de vuelta a tu morada. Y te verán de nuevo, a lo lejos, cruzando la Corredera a paso lento: gritarán los geranios, los claveles y el azahar, las estrellas cercarán tu paso para acompañarte, y en la plaza de tu templo, a la altura de la rampa, se romperá la noche cuando llegue esa última chicotá.
Déjame abrazarme a tu cruz
y quitar los clavos de tus manos.
Déjame llenarme de ti,
líbrame hoy de mis pecados.
Déjame quitar las espinas de tu frente
y curar la herida de tu costado.
Déjame llegar hasta ti,
que vengo de dolor traspasado.
Déjame mirar de cerca tu muerte
y redimirme en tu sagrario.
Déjame ser tu clavel carmesí
y enjuagarme los ojos en tu sudario.
Déjame que acaricie tu palabra
y el crujir de tus huesos malheridos.
Déjame poner mi fe en ti
para curar mi corazón dolorido.
Déjame bajarte con mimo del madero
y cantar tu dolor en alabanza.
Déjame, que quiero sentir
y llenar mi vida de ESPERANZA.
D. Antonio Rodríguez Lozano
Extracto del Pregón de la Semana Santa de Arahal de 2008
