PRIMERA PARTE: LA PROFESIÓN DE LA FE – Primera Sección

Primera Sección: «creo» – «creemos» ¿Qué es la fe?
El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre.

Dios nos crea libremente para que participemos de la vida bienaventurada. El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso. Por tanto, en nuestra propia naturaleza existe una tendencia hacia el bien. Y nuestra libertad consiste en determinarnos, en esa apertura hacia el bien que es infinito.

Por amor, Dios se ha revelado y se ha entregado al hombre y en Jesucristo culmina la Revelación. De este modo, Cristo Jesús, mediante obras y palabras, da una respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que el hombre se plantea sobre el sentido y la finalidad de su vida.

Por su Revelación, «Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (DV 2). La respuesta adecuada a esta invitación es la fe. Por tanto, la fe es ante todo una adhesión personal y libre del hombre a Dios y necesaria para la salvación.

La Revelación
En la Constitución Apostólica «Dei Verbum», el punto número 2 hace referencia a la Revelación: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina [….] Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la Revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la Revelación”.

Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad» (1 Tim 2,4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús (cf. Jn 14,6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres y que así, la Revelación llegue a todas las naciones, y para ello, todos los fieles tenemos parte en la comprensión y en la transmisión de la verdad revelada.

Ser libre y creyente
«Creer» es un acto eclesial, humano y libre, que corresponde a la dignidad de la persona. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. Por tanto, la Iglesia es la Madre de todos los creyentes y esta no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La Sagrada Escritura
Con respecto a los textos sagrados, en la sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). Y verdaderamente, Dios es el autor de la Sagrada Escritura. «Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo».

Cuando leemos los textos de la Biblia, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento están unidos por el plan de Dios, por la Revelación. Jesucristo es el punto culminante. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo Testamento, mientras que éste da cumplimiento al Antiguo Testamento.

Obediencia en la fe
Obedecer en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma.

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» (Lc 1,37; cf. Gn 18,14) y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Isabel la saludó: «¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45). Durante toda su vida, y hasta su última prueba

(cf. Lc 2,35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento» de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.


Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica.