La primera Navidad

Exaltación Navidad 2020

-Vamos hija, que se hace tarde cariño, ya son las 8 de la tarde del día de Nochebuena, ponte los zapatos y el vestido. Papá nos está esperando abajo.

-Pero mamá, ¿Es que acaso tiene algún sentido celebrar la Navidad en un año como este? ¿Para qué vamos a celebrar? No hemos podido ir a patinar sobre el hielo como todos los años, no hemos podido visitar los belenes con mis amigos, ni darle mi carta al paje real, ni siquiera vamos a poder estar todos juntos en nochebuena, en la mesa, no se sentarán los primos, ni los tíos, y para ver a los abuelos tenemos que llevar puestas estas horribles mascarillas todo el tiempo. Dime tú mamá, ¿Por qué tenemos que seguir celebrando la Navidad?

-Hija mía, la Navidad es algo más que luces, regalos, cenas y aguinaldos. Creo, mi querida niña, que no sabes qué es realmente la Navidad, la Navidad para los cristianos es mucho más que todo eso.

– Pues ¿Qué estamos celebrando entonces?

– ¿Pero es que no lo sabes? Hija, celebramos que tal día como hoy, hace muchos años, vino al mundo el hijo de Dios, que nació por obra del Espíritu Santo para salvarnos a todos.

– ¿Cómo? ¿Podrías contarme la historia desde el principio?

-Bueno, te la contaré, pero presta atención, no te entretengas porque como te he dicho, se nos está haciendo tarde.

Todo comenzó gracias a una mujer que nació en un pueblecito de Galilea llamado Nazaret. María, que así se llamaba, era muy humilde, una mujer tan buena y piadosa que Dios la escogió entre todas las mujeres del mundo para que encarnase en su vientre a su propio hijo y así se lo hizo saber mediante la intercesión del Arcángel San Gabriel, el cual visitó a María y le dijo exactamente estas palabras “Bendita tú eres entre todas las mujeres”. María quedó un poco asustada y preguntó al ángel qué significaban esas palabras, a lo que este le explicó que Dios la había escogido de entre todas las mujeres, que daría a luz a un hijo, el cual pondría por nombre Jesús, quien sería Grande entre los Grandes, y será conocido como Hijo de Dios.

María, sin dudar ni un segundo aceptó y con toda seguridad respondió así a San Gabriel “Eh aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”.

-Se me olvidaba, otro protagonista de esta historia fue José, el esposo de María. José era carpintero y se casó al poco tiempo de quedar encinta con María y cuidó de ella todos los días mientras Jesús seguía creciendo en el vientre de su madre. Los vecinos de Nazaret miraban con recelo a María al conocer la noticia de su embarazo, pero a José poco le importaban esos rumores, a él le bastaba con saber que su esposa había sido escogida por el Señor y traería al mundo al Mesías, al Rey de los Cielos que llenaría al mundo de amor y paz.

Un día, José informó a María de que tendrían que viajar hasta Belén, su ciudad natal, pues tenían que alistarse en el censo de la ciudad por orden del gobierno de Roma. Y así fue, como, sobre un burro, José y María viajaron hasta Belén, donde sin que ellos lo supieran y de la forma más sorprendente posible, nacería Jesús.

Cuando llegaron a Belén, la pequeña ciudad estaba llena de gente que había acudido para alistarse en el censo. José, preocupado por el estado de su esposa, se apresuró a buscar alguna posada para pasar la noche y resguardarse del frío invierno, pero la tarea se le tornó difícil al carpintero. Todas las posadas de Belén estaban completas y por si fuera poco, María ya empezaba a sufrir los primeros dolores de parto. La desesperación de José aumentaba a cada minuto, menos mal que su esposa María, con una fe inquebrantable, le recordó que Dios estaba con ellos, jamás los abandonaría.

Y María tuvo razón, fue en la última puerta a la que José llamó donde hallaron una solución a su problema. El dueño de esa última posada, apiadándose del estado en el que María se encontraba, les ofreció cobijo en un pesebre cerca de allí. Desde luego no era el mejor lugar para traer a un niño al mundo, y menos al Hijo de Dios, pero, al fin y al cabo, los mantendría a salvo del frío. Así que, sin dudarlo ni un minuto más, José volvió a montar a María sobre el burro que los acompañó durante todo el camino y pusieron rumbo hacia aquel portal que el bueno del posadero les había ofrecido.

Cuando llegaron al portal José, improvisó una cama hecha con la paja de los animales y varios trapos que llevaban, y allí, con todos los dolores que una madre sufre cuando trae a su pequeño al mundo, se recostó nuestra querida María. Las horas pasaban y el momento se iba acercando cada vez más, José tomó la mano de su esposa, valiente como ninguna otra mujer, que sin la ayuda de nadie más siguió empujando y soportando dolores hasta que a eso de la medianoche, un yanto rompió el silencio.

Así llegó el tan esperado momento, el Mesías había nacido, sin cama ni sábanas recién cosidas, sin más calor que el de un buey y una mula que allí se encontraban, el Rey de los Cielos nació como nacían los pobres, lleno de humildad, que es una de las principales virtudes que nosotros los cristianos, hija, debemos tener, como Él nos enseñó desde el primer momento que vino al mundo, desde aquella noche en la que Belén escuchó llorar por primera vez al Hijo de Dios.

-Mamá, ¿Y cómo supo la gente de Belén que Jesús había nacido?

– ¿Te acuerdas del Arcángel San Gabriel que le anunció a María que iba a ser la madre de Jesús? Pues los pastores que por allí rondaban con su rebaño recibieron su inesperada visita. San Gabriel se encargó de informar a todos ellos de la buena nueva, de lo que había ocurrido en un pesebre no muy cerca de allí. Al instante los humildes pastores cogieron lo poco que tenían y pusieron rumbo al portal, para adorar al niño y agasajarlo con lo que podían.

-Pero no sólo recibieron la visita de aquellos humildes pastores. ¿Te suenan los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar?

– ¿Los Reyes Magos? ¿Es que ya en aquella época traían regalos a los niños?

– Hija, Jesús fue el primer niño al que los Reyes Magos dejaron regalos. Aquellos sabios vinieron desde Oriente siguiendo una estrella que les marcaba el camino, pues un nuevo Rey, más grande que ningún otro, iba a venir al mundo. Después de un largo camino llegaron al portal de Belén, donde encontraron a Jesús en brazos de su madre, y arrodillándose delante del recién nacido entregaron lo siguiente; oro, digno de un rey, incienso, para honrar al hijo de Dios y mirra, para representar la humildad y la humanidad de Jesús, que, entre todos los palacios del mundo, había escogido un pobre pesebre para nacer.

Y así fue como todo pasó, en un pequeño pesebre se juntaron pobres y ricos, hombres y ángeles, para adorar al que había nacido de la forma más sencilla posible. Aquella noche en Belén el cielo sonó con cantos angelicales. La palabra de Dios se había hecho carne del vientre de María, su madre virgen y vendría a nosotros para vivir eternamente, para salvarnos y enseñarnos a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, como a uno mismo.

Este es el verdadero significado de lo que hoy celebramos hija. No los regalos ni las luces, ni los adornos ni las mesas llenas de ricos manjares, ni siquiera, por sorprendente que parezca, reunirnos con toda nuestra familia. Celebramos que un niño vino al mundo porque así su Padre Celestial y su Santa Madre lo quisieron, para enseñarnos a amar, a tener fe, a ser caritativos y nunca perder la esperanza. Y eso, mi querida niña, es lo que, en años tan duros como este, en los que no cantaremos ni celebraremos como plenamente quisiéramos, es lo que debemos tener presentes.

Fe, caridad y esperanza. Eso fue lo que aprendió el mundo entero aquella noche en Belén cuando se celebró La primera Navidad.