
Era la primavera y la Virgen María, enamorada de Sevilla, empezó una mañana a bajar del Cielo… hasta la tierra nuestra, tierra galana. Ella es la Reina, Madre y Consuelo: La Inmaculada.
Silencio… Silencio… Silencio.
Los ángeles están cantando,
Sevilla es como la gloria,
La Virgen ya está bajando,
Ya pasea por las calles,.
Es su reino y su victoria.
La gente canta y le aplaude.
Salve… Salve… Reina y Madre.
Así la vieron los sevillanos del siglo XVII cuando en 1621 consiguieron que el Papa Paulo V nos concediera a nosotros una creencia piadosa –pia creentia- como entonces se le llamó en Sevilla a ese dogma que tardaría más de dos siglos en convertirse en tal, para el mundo entero, el 8 de diciembre de 1854.
Sevilla sufriente y enamorada, en años de hambrunas y epidemias, con ansias de un Nuevo Mundo que se escribió siempre con mayúsculas… Un mundo geográficamente situado al otro lado del océano y sobre todo un mundo celestial según el deseo de aquellos españoles de entonces y especialmente de los descubridores y de los franciscanos misioneros. Aquellos descubridores aficionados a los libros de Caballería… en donde se hablaba también de un Mundo Nuevo sin las viejas injusticias medievales y por su parte los franciscanos que vivían entonces en esa línea antigua y misteriosa que hacía siglos había propuesto Joaquín de Fiore: pronto vendrá una época luminosa y futura donde reinará una Paz semejante a la del cielo… Seguro que debido a esas ideas aparecieron esas mayúsculas del Nuevo Mundo… y fue entonces cuando todos los sevillanos pidieron ayuda a la Virgen prometida por Dios Padre en el Génesis… para que América fuera un Nuevo Mundo.
Virgen Inmaculada y limpia que la añoraba Sevilla cada tarde en la puesta de sol cuando desde el Guadalquivir las naves que marchaban a las Indias… veían un sol grande y brillante sobre el Aljarafe pero mirando Sevilla. Sin duda que por eso, los sevillanos sintieron como Ella bajaba del Cielo a nuestra tierra y por eso también los pintores Valdés Leal, Roelas, Murillo y sobre todo Francisco Pacheco pintaron así a sus Inmaculadas bajando a Sevilla. Mientras que en Valencia y en Aragón esas Vírgenes fueron solo hermosas Asunciones, las nuestras eran siempre doncellas muy humanas que estaban como descendiendo. En esos cuadros de Pacheco que hoy están en la Catedral y en el Palacio Arzobispal hay un encanto grande y una luz que rodea a la Inmaculada de la cabeza a los pies, una Luz divina que Dios Padre le regaló a su Hija Predilecta.
Baja la Inmaculada y a la vez está mirando para abajo, tan bella y tan sevillana, que le hemos puesto una luna convexa y no cóncava a sus pies. Los pintores le quitaron también esa serpiente que estaba en el suelo porque a nosotros los sevillanos no nos gustaba ver ese terrible bicho. En los cuadros solo había Luz. Luz que baja del Cielo y Luz que Sevilla refleja en sus pies. En casi todos los cuadros de Pacheco allí abajo hacia donde Ella desciende se ve la Torre del Oro, barcos con las velas hinchadas por el viento, la Giralda, los jardines con fuentes y flores… y sobre todo nuestro Río Guadalquivir.
Sevilla tuvo fiestas para la Inmaculada y tuvo procesiones, la Ciudad se echó a la calle con campanas y marchas procesionales, soldados, marinos, canónigos, autoridades y sobre todo el pueblo como un hervidero de gentes cantando coplas con letra de Miguel del Cid, con música de ese trianero de Vázquez de Leca y que canta los seises:
Todo el mundo en general,
A voces Reina escogida,
Digan que sois concebida
Sin pecado original…
Luz y gentío en el siglo aquel, con una Virgen aclamada por las bullas sevillanas, como cuando el Viernes Santo pasa la Macarena por la Resolana o la Esperanza de Triana por la calle Pureza con ese oleaje vivo, como si fueran tempestades de aplausos, soles y saetas.
No hay poeta que describa
La gracia y maravillas
Y un pueblo dando vivas
A la Virgen de Sevilla.
Ahora sí que podemos explicarnos esa Luz que notamos en nuestra Semana Santa, cuantos brillos…cuantos aromas… Brillo dorado en los pasos de Misterio, la luz del sol reflejada en los casquetes de plata de las cruces, esas cruces que llevan en sus hombros los Cristos Nazarenos; Nazareno trianero y Nazareno silencioso en la madrugada y esa otra luz brillante en los tres rayos que están en la cabeza de Jesús… Potencias iluminadas por su Soberano Poder.
Los esplendores son la belleza que los artistas ofrecieron para las cofradías sobre todo para los pasos de palio con el fin de hacerle a Nuestra Madre un trono celestial y sevillano. Brillo de los varales y peanas de plata, luz que resbala del bordado de los palios y que chorrea por los candelabros de cola, sobre las paredes de cal en las noches sevillanas. Los artistas que con amor lograron esos esplendores de las cofradías triunfaron, porque sin duda fueron ayudados por ángeles enamorados que rizaron las velas, colocaron los claveles entre fanales y jarrones y que tomando una agujas bordadoras de las monjas de clausura, le regalaron a la Virgen de Sevilla un manto hecho de amores y con humildad sencilla.
La Virgen María es precisamente la Reina de esos Ángeles a quienes algunas veces casi los vemos o los adivinamos arremolinados a su lado como están en los cuadros de Murillo, siempre colocados a los pies de la Inmaculada. Con todo, el Jueves Santo algunos de eso seres maravillosos prefirieron quedar prendidos para siempre en el palio y en el manto de una Virgen en vez de seguir cruzando en su vuelo el universo entero. Eso debió suceder tal vez cuando aquellas monjas trinitarias se lo estaban bordando con tanto amor a la Virgen de los Ángeles y entonces ellos, enamorados de aquella Reina que el Creador les dio y deseando acompañarla en su caminar cofrade, se quedaron para siempre dentro de la plata y del marfil de aquel manto y de aquel palio que las bordadoras hicieron. Los serafines y los querubines quisieron también ayudar en el bordado celestial, poniendo flores del cielo en el manto que se llenó por eso de rosas y de jazmines. Al final, fue tan grande el amor que tenían a su Reina que el paso de palio quedó cuajado de Ángeles. Unos son visibles gracias a la artesanía de plateros y bordadoras, y otros son invisibles y sólo los notamos revolotear entre los resplandores con los que Dios Padre envuelve el paso.
En eso consisten los esplendores humanos: una luz y un brillo del arte ofrecido con amor en Semana Santa por los sevillanos iluminados. Una maravilla pero ¿Qué nos pasa a veces en el alma una noche santa o una madrugada divina?, cuando esa luz que tanos y tantos años hemos estado viendo y admirando, de repente la vemos ya de otro modo, como si nos cegara y se nos metiera en el alma, tan dentro, tan dentro, que se convierte en un misterio que nos arrebata. Esa Luz que es nueva, son seguramente los Resplandores.
Esplendores y Resplandores, luz humana y Luz divina. Pasó ya casi toda nuestra vida y aquella luz tan hermosa y tan limpia que encendieron los sevillanos para su cofradías, los esplendores, se convirtieron como en un cauce por donde ya iban saliendo los Resplandores. Sin duda que aquella <luz era ya distinta y nueva, tal vez incluso más brillante, más sueva y más acariciante, llena de calma, como si fuera un amor que nos inunda el alma.
Probablemente, el descubrimiento de esa Luz nos ocurrió en una noche inesperada. Tantos años viendo pasar los pasos de palio por la calle Caballerizas el Domingo de Ramos, lleno de Gracias y Esperanza, por la Alcaicería estrecha con un Rocío del Cielo el Lunes, o al ver una Virgen llena de hermosura y Victoria, palio granate del Jueves Santo por el Arco del Postigo. Brillos azul y plata entre los árboles gigantes y las palmeras con una Candelaria hermosa y de repente, asombrados, percibimos algo nuevo: aquellos viejos esplendores tan conocidos, tan amados se habían convertido de repente en Resplandores.
¡Cuántas maravillas en la Noche oscura del alma! Aquellas llamas de las velas de la candelería derritiéndose como nosotros mismo ¡Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres en el alma, en su más profundo centro!
Un año nos sucedió algo parecido a lo que canta el poeta de Fontiveros. Todo sucedió una noche… y ya para siempre nuestra Semana Santa se nos fue transformando en el alma. Cornetas y tambores, ruidos y voces, marchas procesionales como siempre. Pero la nueva Luz nos hizo ya verlo todo de modo distinto: la música se hizo callada y en cambio nuestra soledad fue sonora, en aquellas noches que tanto nos recrean y enamoran.
¿Qué tendrá esa Luz divina de la que antes ni siquiera nos habíamos dado cuenta y que ahora tanto nos ilumina, con toques tan delicados que hasta el mismo firmamento queda eclipsado? La luna se escondió, se apagaron las estrellas y hasta el sol se arrodilló para mirarle la cara a la Virgen Macarena en la Plaza de la Encarnación y a la Esperanza Trianera en el Baratillo.
¡Qué Luz tan profunda brilla, tanto fuera de nosotros, como dentro del alma, esas lámparas de fuego que dice San Juan de la Cruz!
¡Oh lámparas de fuego!
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido
que estaba oscuro y ciego
con extraños primores
calor y Luz dan junto a su querido.
Nosotros los sevillanos somos los queridos de esa Virgen, nuestra Madre, cuyos Resplandores ya hemos empezado a notarlos. Cuantos años llevábamos cantando esa Salve de Sevilla que en 1929 compuso Fray Restituto del Valle, un fraile capuchino: “Salve Madre, en la tierra de tus amores. Muestra aquí, muestra aquí de tu Gloria los Resplandores… Era una Luz nueva. Al principio era más bien cegadora, luego se fue haciendo cada vez más intima y al final se nos metió dentro del alma.
Esplendores… Resplandores. Ambas luces fueron en su día creadas por Dios Padre.
La primera Luz, la del primer día, fue esa Luz que resulta invisible para algunos. Hágase la Luz… y la Luz fue hecha (Génesis, I.1.3), Luz creada por Dios para todo lo divino. Luego, más tarde, el quinto día fue cuando Dios Padre hizo las otras lumbreras: el sol, la luna y las estrellas; con ese modelo del sol y la luna, el hombre sevillano siguió creando esplendores con el fuego de las velas, con el brillo de los palios y de los varales. Pero lógicamente la otra Luz, la que Dios hizo el primer día era distinta. Solo la vieron algunos. La vieron los apóstoles en el Tabor y se llenaron de temblores y luego de gozo; la vio la Magdalena el Domingo de Resurrección.
Luz de la Resurrección, como esa Luz blanca que vemos los sevillanos a las cinco de la mañana por la calle San Luis enunciando a Cristo Resucitado. Luz que llena de gozo a los discípulos de Emaús y que sin embargo horroriza y hace desmayar a los soldados que custodiaban el sepulcro de Jesús. Luz que la vio San Pablo, cuando iba camino de Damasco y que también la ven los videntes, como Santa Margarita María de Alacoque a quien se le apareció Jesús en Francia, en el siglo XVIII, así como sor Lucía en Fátima cuando vio como un misterioso relámpago blanco, alrededor de la Virgen María, más brillante que el sol. Una Luz tan extraordinaria y tan intensa que San Pablo incluso se quedó ciego y son Lucía tuvo que ir al oculista… varias veces.
No todos la ven tan intensamente. Algunos la perciben también pero con menos intensidad, como los soldados que acompañaban a San Pablo en su viaje y algunos de los campesinos de Aljustrel que también vieron esa Luz distinta de la luz del sol, que rodeaba a la Madre de Dios aparecida. Esos son los Resplandores de la Salve sevillana, donde se vuelca la Gloria del cielo.
Los videntes vieron esa Luz en un instante. Nosotros los cofrades, aunque quizá no la veamos pero sí que la sentimos, al menos después de veinte, treinta o cuarenta años caminando junto a los pasos. Aquellos brillos, aquellas velas, aquella luminosidad… Poco a poco se ha hecho como distinta e inigualable. Brillo del palio al amanecer, con una candelería luciente de cera baja, relampagueo blanco y verde de los brillantes de la corona y de las esmeraldas que se mueven el pecho de la Macarena. ¿Mira que si ese relucir de los paso de palio fuera nada menos que la cobertura de esa otra Luz divina de los Resplandores del cielo que hasta ahora no nos habías dado cuenta?
¿Qué vio aquel hombrecito ya mayor en la calle Parras, solitario y emocionado y que mirando a la Macarena le oí yo que decía en voz baja: ¡Gracias dios mío por tanta Luz y tanta belleza! O aquella mañana que al ver a su Virgen por la calle San Jacinto, mañana soleada del viernes una mujer dijo: Verdaderamente madre bonita que solamente con esa cara tan iluminada tu puedes ser la Reina de Sevilla y de Triana.
¿Qué es lo que realmente están viendo esa gente amante, sencilla y expresiva o que vería el cantaor que en su saeta nos habla de una Luz misteriosa del Domingo de Ramos?
Hoy el azul del cielo,
tiene distinto color,
tu palio ya está en la calle
y es que alumbra más que el sol…
por ser la Madre de Dios,
eres luz y relicario.
Tú nos llenas de bonanza
luz de Gracias y Esperanza,
virgen de la Puerta Osario.
Curiosamente aquel hombre que decía que hasta el azul del cielo tiene distinto color cuando está ya el palio en la calle, igual que sor Lucía en Fátima, añadía que esa Luz alumbraba más que el sol.
No es fácil explicarlo. Lo cierto es que cuando han pasado tantos años lo que veíamos antes ordinario y normal, lo vemos ahora de un modo más intenso y todo distinto, más belleza en Ella, más amor en el Gran Poder, más dulzura en el Cristo de Pasión.
¡Como te cambia la cara! Le cantan a la Macarena.. ¿Cómo le va a cambiar si es tan solo una imagen del siglo XVII, lógicamente invariable? ¿NO será la Luz misteriosa la que le ha cambiado y nos la hacer ver como distinta? ¿NO serán los Resplandores, que veníamos deseando, los que hacen verla distinta cada día?
Como te cambia la cara,
Esperanza Macarena,
cuando ves las calles llenas
de tus hijos que te quieren.
Como una Blanca azucena,
hermosa entre los claveles,
así tienes Tú la cara
¡Ay mi linda Macarena!
Qué bonita vuelve al barrio
el viernes por la mañana
ya se va acercando al arco,
el sol le inunda su palio
y se le borda en el manto.
Como una rosa temprana,
llevas ahora la cara,
Macarena y Sevillana
ya estás ante el Arco parada
faro de paz y bonanza
y tu Centuria Romana
corazas y plumas blancas,
lloran al verte la cara.
Ahí está la centuria tuya,
centuria que te acompaña,
entre medio de las bullas,
con cornetas y tambores,
con insignias y con lanzas.
Todo es amor y clamores,
cuando llega su Esperanza.
Cuando bajas la mirada
y Tú te fijas en ellos…
¡Como te cambia la cara!
Como flor de nardo blanca,
así te contemplan ellos,
la gente de tu centuria,
centuria de macarenos.
Fuera quedaron las bullas
y dentro solo están ellos,
la felicidad la alcanzan,
subió de la tierra al Cielo
la Virgen de la Esperanza.
Luz de Sevilla. Luz del Cielo. Ese fue el regalo que nos hizo Dios Padre por haber recibido a la Inmaculada una mañana de Diciembre de 1621, reinando en España Felipe IV, luz que nosotros empezamos a notarla ahora, en ese mundo divino de las cofradías sevillanas.

