
Jesucristo fue tratado con injurias, con falsos testimonios; pusieron sus manos sacrílegas en su divina persona. Añadieron a las bofetadas crueles azotes y a los azotes, espinas y a las espinas que hirieron su cabeza, clavos y cruz dolorosa. Mas ni la injuria mudó la voluntad, ni en la paciencia y mansedumbre hizo mella el dolor. En efecto, Jesús murió bajo un desprecio generalizado. Sus enemigos, con la intención de mofarse de Él, lo sometieron a las terribles humillaciones de la Pasión. Bebió completamente la copa de todos los dolores y vejaciones posibles. Sin embargo, sus verdugos no imaginaban siquiera que, a lo largo de los siglos, cada ultraje sufrido por Él sería venerado y que , delante de imágenes que lo representaban sentado con la corona de espinas, revestido del manto de burlas y con la caña en la mano, los mayores sabios se arrodillarían y llorarían de emoción.
Dignificaría de tal manera la cruz en la cual había sido clavado que, en lo alto de todas las coronas de las naciones católicas, sería signo de gloria. Por eso, Juan el Bautista cuando vio venir a Jesús dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (San Juan 1, 29). Ciertamente, el Cordero de Dios por la pureza de su vida y porque, no teniendo pecado, puede quitar los pecados del mundo entero. El testimonio de Juan expresa plenamente el sacrificio de la cruz, ofrecido en expiación de los pecados del mundo. Por consiguiente, el Santísimo Cristo de la Esperanza, no solamente “quita” los pecados del mundo, sino que los “carga sobre sí mismo” y los hace “como suyos” para ser Él castigado por ellos y que quedásemos libres. Así, pues, como escribe San Pedro (I,1, 18-21), “hemos sido rescatados, no con plata y oro corruptibles, sino con la Sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha…; los que por Él creéis en Dios, que le resucitó de entre los muertos y le dio la gloria de manera que en Dios tengamos nuestra fe y nuestra esperanza”.
“Postrado ante la cruz
en la que has muerto y
a la que yo también te he condenado,
sólo puedo decirte que lo siento,
sólo puedo decirte que te amo.
Y te pido perdón por mis errores, por mis pecados.
Perdóname Señor, hoy me arrepiento,
¡Santísimo Cristo de la Esperanza!
Mi Dios crucificado.”
El grito de Bartimeo, un mendigo ciego: ¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí! (San Marcos, 10, 46-52) es el grito de Esperanza de toda la Humanidad. En efecto, cuando Jesús le dijo: ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó. “Señor que vea”. Jesús le dijo: “Anda tu fe te ha salvado”. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
¡Jesús ten compasión de mí!. Son los gritos de tantos pobres, enfermos, de quienes sufren violencias e injusticias o no tienen lugar en este mundo, los que padecen hambre, persecución y violación de sus derechos fundamentales; explotación y trata de seres humanos; etc. El papa FRANCISCO, en su exhortación apostólica Christus vivit (Vive Cristo), de 25 de marzo de 2019, nos anima a que nos sintamos hermanos y cercanos: ”tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, del servicio de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social”. Como San Francisco de Asís, en la Hermandad Sacramental de la Esperanza, rezamos así:
Te adoramos Señor Jesucristo y te bendecimos pues, por tu Santa Cruz, Santísimo Cristo de la Esperanza, redimiste al mundo.
Por consiguiente, Cristo vive y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Las primeras palabras que el papa FRANCISCO dirige en la referida exhortación, a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡ÉL vive y te quiere vivo!. María Magdalena, apóstol de los apóstoles.
¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso.
La tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortajas.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea
allí el Señor aguarda,
allí veréis los suyos
la Gloria de la Pascua.

