“En el hueco de un olivo
hay un Niño Dios de madera,
que ha puesto un campesino
para pedir por la tierra.
El niño no tiene padres,
el niño no tiene cuna,
solo una ramita que arde
bajo la luz de la luna.”

Señora Hermana mayor y su Junta de Gobierno, Señor Alcalde y demás autoridades, señoras y señores, amigos todos.
He querido comenzar esta humilde exaltación de la Navidad con un breve poema que escribí hace muchos años, que titulé Navidad campesina, y donde quería unir el nacimiento de Jesús con la raíz de nuestra tierra, del campo y la naturaleza. Podría haber escogido cualquier maravilloso poema de los grandísimos poetas que han cantado a la Navidad, pero he preferido hacerlo envolviendo la estampa del nacimiento en el hueco de un olivo, el humilde, y a la vez grandioso árbol que forja nuestra raíz milenaria.
El silencio de un campo de olivos al alba, me lleva al silencio de un pesebre, tan humilde como sublime, donde se encarna el prodigio. No se anuncia entre tronos ni resplandores artificiales, sino bajo la luz de una estrella que guía a los que saben mirar. La Navidad nos recuerda que el misterio elige lo pequeño para hacer grande al universo, y al elegirlo lo ennoblece. Un niño envuelto en pañales trastoca la historia, no con espadas, sino con caricias y con esperanza.
Ese simbolismo inagotable, que atraviesa generaciones, nos invita a comprender que la grandeza no se mide en poder, sino en amor. Cada Navidad reitera la verdad de que la humanidad puede renacer, que sigue siendo posible la compasión.
La Navidad, ese instante suspendido entre lo humano y lo divino, despierta cada año como la aurora que nace sobre un mundo fatigado. Resplandece en la memoria colectiva el eco ancestral de una esperanza que se renueva, que no claudica, que, aun en la noche más incierta, busca abrir brecha hacia la luz. La esencia de estas fiestas trasciende lo histórico, porque reside en lo espiritual. Es la fiesta donde lo imposible se vuelve familiar y lo cotidiano se reviste de milagro. El corazón humano, en su latido más hondo, reconoce en la Navidad una llamada a la ternura, un impulso a reconciliarse con el mundo y consigo mismo.
El silencio y ese latido me llevan, paradójicamente, a la música, esa música navideña, a veces al calor de hogar, otras veces como jubilosa exaltación de la fiesta, a veces con sigiloso tarareo y otras con el estruendo compartido del canto a la paz, a la solidaridad, a la esperanza, con evocaciones nostálgicas o alegres, y siempre como idioma universal de estas fechas.
En cada villancico vive un pueblo, una cultura, una devoción. Los versos que celebran la llegada de la Navidad han viajado por montañas y valles, mares y desiertos, y aún hoy sus notas continúan convocando a la alegría del Nacimiento. Porque la Navidad no es solo un acontecimiento histórico: es una emoción. Y esa emoción se vuelve melodía. Al cantar, el alma se expande, se llena de un júbilo que sobrepasa lo racional. Cada voz que se eleva es una chispa más en la hoguera colectiva de la esperanza.
Y hoy echando la vista atrás e intentando recordar la Navidad de mi infancia me doy cuenta que el tiempo va pasando y diluyendo los recuerdos, pero aún resuenan en mis oídos melodías infantiles y los ecos de un villancico que me cantaba mi madre, muy conocido, muy versionado, con diferencias en los versos según la zona o quien lo cante, pero que yo recuerdo así:
VILLANCICO DE LA VIRGEN Y EL CIEGO
Camina la Virgen pura,
camina para Belén,
y a la mitad del camino,
pidió el Niño de beber.
-No pidas agua, mi niño,
no pidas agua, mi bien,
que los ríos bajan turbios
y no se puede beber.
-Allí arriba, en aquel alto,
hay un dulce naranjel
es un ciego el que las guarda,
ciego que no puede ver.
-¿Me da ciego una naranja,
para el niño entretener?
-Cójalas usted señora,
las que haga menester.
La virgen como es tan pura,
No ha cogido más que tres,
El niño como es tan niño
todas las quiere coger.
Apenas se va la Virgen
el ciego comenzó a ver.
-¿Quién sería esa señora,
que me hizo tanto bien?
Era la Virgen María,
que camina hacia Belén.
Ese villancico rescatado de los entresijos de mi memoria, y que mi madre acompañaba con el “a la liquidó a la liquidé”, me lleva a la Plaza de la Corredera de mi adolescencia, con el enorme árbol de Navidad en el centro y ese nacimiento incrustado al que sus poderosas ramas daban cobijo.
En aquella época no había tantas calles iluminadas. Hoy la Navidad enciende luces externas, en balcones, en calles, plazas, hogares…, pero, sobre todo, debe encender luces internas.
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaban en tierra de sombras y una luz les brilló”.
En el mundo actual que estamos viviendo, viene bien buscar una luz, que nos alumbre el camino. Es el tiempo en que el destello de una vela tiene el poder de derrotar simbólicamente la penumbra de la desesperanza. La luz navideña es un recordatorio de que, por oscura que sea la noche, siempre hay un resplandor gestándose. El niño que nació en humilde pesebre es la luz que ilumina nuestras vidas y que renace cada año. Celebremos esa luz, porque como dijo Jesús: “Yo soy la luz del mundo…el que me sigue no camina en tinieblas”
Esta celebración convoca a la solidaridad. Descubre en cada gesto compasivo un faro. La Navidad despierta en nosotros un brillo que parecía dormido: la capacidad de mirar al otro sin prejuicios, de reconocerlo como hermano, de extender la mano cuando las circunstancias invitan al retraimiento.
Pocas escenas conmueven tanto como la reunión familiar en estas fechas. La Navidad reúne lo disperso, une lo que parecía distante. Alrededor de una mesa compartida se derriban barreras que durante el año se levantaron sin querer. Es la ocasión en la que el tiempo se detiene, en la que las miradas se suavizan, en la que las diferencias se disuelven bajo el peso de un cariño más profundo que cualquier desavenencia.
Los hogares se llenan de aromas y sabores, del pan recién horneado, del chocolate caliente, de las frutas confitadas, de canela y anís, vainilla y almendras tostadas, provenientes de postres con regusto a niñez, pestiños, polvorones, mantecados, junto al olor a leña y alhucema. Cada olor es una memoria viva, un recordatorio de la infancia y de aquellas Navidades primeras que marcaron nuestra sensibilidad.
El árbol de Navidad, erguido en su esplendor, es un símbolo antiquísimo que recupera el anhelo humano de eternidad. Su verdor inmutable en pleno invierno habla de la vida que resiste, de la savia que no se rinde, de la esperanza que no se marchita. Adornarlo no es un acto trivial: es vestir de fiesta aquello que representa la persistencia del espíritu.
A sus pies reposan los regalos, no solo como objetos, sino como símbolos. El verdadero regalo navideño no es lo que se entrega con las manos, sino lo que se entrega con el alma. En cada presente palpita un “te quiero”, un “te agradezco”, un “te recuerdo”.
En mi hogar, primero fue el árbol y después y siempre el Nacimiento, el Portal de Belén. El que montamos ahora no es un Nacimiento caro adquirido en un centro comercial o una tienda especializada. Fueron figuras de escayola a las que el amor y un torpe pincel les fue dando el aliento de la vida. Ya está un poco desconchado, y algunos camellos necesitan pasar por la enfermería, pero cada año renacen siguiendo una especie de liturgia, y es que, en torno al Día de la Inmaculada, ¿hay fecha más propicia?, comienza el ritual, que con el paso del tiempo, ha pasado de ser el ritual de papá a ser el ritual del abuelo, y aunque no es exactamente igual porque nuestro Belén es muy humilde, seguro que muchos de ustedes se reconocen, como yo me reconozco en los versos hechos villancico que escribió magistralmente Rafael González:
EL BELÉN DEL ABUELO:
“En un viejo cajón
aún conserva el abuelo
un antiguo Belén
con cuidado y esmero.
Y entre el espumillón
y bolas de colores
esperan todo el año
casitas y pastores.
Aún conservo la estrella que hizo él,
iluminando en el cielo,
un cielo hecho de papel,
¡qué arte tenía el abuelo!
Recuerdo que era niño y le ayudaba
a rescatar de ese viejo cajón
un puente de madera y un molino
y los pastores de la anunciación.
Y en la mesa del salón,
puesta en un rincón,
iba colocando
la cubierta de serrín,
las cosas de aquí
y estaba pensando
que este año voy a poner
más lejos el castillo
pa que no venga y nos robe
ese rey Herodes
a nuestros chiquillos.
Navidad, Navidad, Navidad,
Navidad de aguardiente y buñuelos,
yo nunca podré olvidar
el belén que hacía el abuelo.
Con un saco de papel,
lo arrugaba bien
para hacer el monte,
debajo del cielo azul
mirando hacia el sur
era el horizonte.
Encima del puente van
tres magos a adorar
al recién nacío,
y un pedazo de cristal,
parecía verdad el agua del río.
Pero quedan huecos,
el mejor lugar
que dejó el abuelo
pa poner el portal,
el buey ya está dentro,
la mula también
aquí la Virgen María
y a su laíto va San José.
Déjame que le ponga nieve
con un poquito de harina,
déjame, anda déjame,
pero siempre me decía
que nunca nevó en Belén.
Déjame que le ponga flores
y una piedra sobre el río
y una candela de ramas
por si el niño tiene frío.
Y dónde está el niño
de este nacimiento,
que lo busco y busco
pero no lo encuentro,
¡ay donde está el niño
que lo quiero ver!,
y el abuelo dijo:
“hasta el veinticinco no lo voy a poner”
Una estrella blanca con una tijera
un poco monte, serrín de madera,
duérmete mi niño, duérmete mi bien
ya acabó el abuelo, ya acabó el abuelo,
ya está hecho el Belén.
La Navidad abre una ventana para reconciliarnos. Es el tiempo en que la humanidad parece recordar que el rencor encadena y que el perdón libera. Muchos de los gestos más nobles nacen en estas fechas: un reencuentro esperado, una palabra sanadora, una llamada que rompe el hielo de los años. La Navidad nos enseña que el perdón es un acto de coraje y de amor, un renacer.
No existe una Navidad completa si no encendemos una luz para quienes pasan necesidad. La verdadera exaltación de la Navidad no se mide en banquetes, sino en manos abiertas. Cada gesto solidario es, en esencia, un nacimiento: el nacimiento del bien, del cuidado, de la empatía. El propio nacimiento de Jesús supuso el acto más solidario de Dios con la humanidad, nacer en un humilde pesebre para, despojado de divinidad, hacerse hombre y tener una vida al servicio de los demás. Navidad es tender la mano, levantar al caído, cuidar al que sufre, denunciar las injusticias, es ser generoso, compasivo, tolerante, pacífico… Navidad rima con paz, y ese es nuestro deseo, el que expresa el villancico popular:
“Un pastor le dice a otro:
qué llevas en la canasta,
llevo la paz del mundo
pa’ que el niño la reparta”.
Quien comparte en Navidad entiende que la alegría o la paz se multiplica solo cuando se reparte. Y así, en los comedores comunitarios, en los refugios, en las calles frías donde una manta puede significar esperanza, la Navidad alcanza su sentido más puro.
Por todo ello la Navidad invita también a la introspección. Mientras fuera brillan luces, dentro del alma se enciende una lámpara más tenue pero más auténtica: la del autoconocimiento. Es el momento de preguntarse quiénes hemos sido y quiénes queremos ser. De repasar los pasos del año que se va y orientar con propósito el año que pronto nacerá.
La introspección navideña no es melancolía, sino crecimiento. Porque la Navidad no solo ilumina el mundo exterior, sino que nos confronta con nuestros deseos más profundos y nos impulsa a renacer desde dentro.
Pocas celebraciones logran lo que la Navidad consigue: unir a la humanidad más allá de fronteras, lenguas, creencias y culturas. Es una fiesta que, si bien tiene un origen concreto, ha trascendido para convertirse en patrimonio afectivo del planeta. Cada rincón del mundo la adaptó a sus colores, sabores y costumbres, pero el núcleo permanece: el júbilo del nacimiento, la celebración de lo luminoso, la afirmación de que el bien es posible.
A través de los siglos, la Navidad inspiró obras maestras: pinturas que capturaron el fulgor del nacimiento, poemas que celebraron la ternura divina, relatos que exploraron la magia de la noche santa. Artistas y pensadores encontraron en ella una fuente inagotable de creatividad. Y cada obra, desde las más humildes hasta las más monumentales, prolonga en el tiempo ese asombro primigenio.
La Navidad es un día. Apenas unas horas en el calendario. Y sin embargo, en ese instante cabe la eternidad. Porque lo que celebra no es solo un nacimiento histórico, sino la posibilidad perpetua de renacer. Cada 25 de diciembre es una invitación a comenzar de nuevo, a encender nuevas luces, a escribir nuevas historias.
Exaltar la Navidad es exaltar la esperanza. Es recordar que la humanidad, pese a sus heridas, sigue eligiendo la luz. Es afirmar que, en un establo humilde, nació no solo un niño, sino una promesa: la promesa de que lo divino toca lo humano, de que la paz es posible, de que la ternura aún tiene fuerza para transformar el mundo.
La Navidad continúa, año tras año, porque nunca deja de ser necesaria. Y mientras exista un corazón dispuesto a creer, a amar y a compartir, la Navidad seguirá resplandeciendo como un faro en medio de la noche.
Voy a finalizar, casi como empecé, con dos poemas, este primero es un humilde poema que escribí hace muchos años, que titulé precisamente La Navidad, y que con voz y alma de niño decía:
LA NAVIDAD
Me gusta sentir el crujido del turrón,
y cantar villancicos, y adornar el árbol,
y montar el belén.
Mi belén tiene un río de plata
y una montaña de corcho,
una mula y un buey,
dos pastores y muchas ovejas.
El molino no tiene aspas,
un año se cayó y se le partieron.
Tengo una estrella dorada
y tres magos que la siguen
con pajes y camellos,
a uno le falta una pata,
se la mordió mi hermano
cuando era pequeño.
Pero lo que más me gusta de la Navidad
es sentarme a la mesa
con mis padres y mis hermanos
y mis abuelas y mis primos…
A veces, cuando bendecimos la mesa,
yo me acuerdo del abuelo,
que se lo llevó Dios
para que le contara cuentos;
y de mi amigo Mogambo,
porque hay unos niños que le pegan
y le gritan negro;
y de mi primo Fede,
que está en una guerra;
y del señor Juan,
que duerme en un banco del parque;
y de dos niños descalzos,
que van por las casas pidiendo comida;
y entonces, cuando me pongo triste,
miro el Nacimiento
y la luz del niño Jesús
me quita la pena.

Y termino con unos versos navideños que me han acompañado toda la vida y que siempre me sacan una sonrisa, es el Villancico del niño de la manga ancha, de mi admirada y genial Gloria Fuertes, que con la ironía y ternura que la caracterizaba escribió:
Ya está el Niño en el portal,
que nació en la portería.
San José tiene taller,
y es la portera María.
Vengan sabios y doctores
a consultarle sus dudas,
el Niño sabelotodo
está esperando en la cuna.
Dice que es pecado
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.
Dicen que pecado es
perseguir y encarcelar;
y que pecado no es
en el sermón bostezar.
—Que se acerquen los pastores,
que me divierten un rato,
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.
—Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los Reyes Magos
que les tengo que escribir.
Muchas gracias. Feliz Navidad.

