EL DOGMA DE LA INMACULADA: 18 SIGLOS DE FE

La Inmaculada Concepción. Pedro Pablo Rubens. Copyright ©Museo Nacional del Prado

Las tradiciones con base religiosa beben de ancestrales creencias, fomentando una fe popular arraigada en lo más hondo y tallando sin bagajes la idiosincrasia de cada pueblo. Sin querer, sin darnos cuenta, hemos asumido, sin ponerlo en tela de juicio, tan sólo porque creemos, dogmas y doctrinas variadas que no han sido recogidas en ningún texto sagrado. Y es que, desde niños, hemos ido asimilando esa catequesis, con la inestimable ayuda de nuestras madres, que abonaban nuestras almas con grandes dosis de amor, fidelidad y fortaleza.

El “Jesusito de mi Vida” o el “Cuatro esquinas tiene mi cama y cuatro ángeles me la guardan” formaban parte de nuestra dinámica, de nuestra más tierna infancia y siempre recitábamos el “Padre Nuestro” y un sin fin de plegarias, que nos enseñaban nuestras abnegadas madres, antes de acostarnos. Una preparación espiritual que seguía a lo largo de la niñez y la juventud Todavía recuerdo cuando mi padre, antes de que recibiera mi primera comunión, me confío a unas mujeres piadosas, que regentaban un esbozo de guardería, para que me enseñaran los rezos básicos del católico, para que aprendiera a escuchar misa y contestar a cada proclamación del sacerdote. Y rememoro con ilusión los años de confirmación, cuando reafirmamos nuestra fe en cristo, renovando el sacramento del bautismo.

Uno de los rezos que decíamos de carrerilla, sin respirar y con alegría, proclamándolo con rotundidad era cuando, antes de zambullirnos en los sueños, juntábamos las manos, cerrábamos los ojos y entonábamos, con voz queda:

“DIOS TE SALVE MARÍA,
LLENA ERES DE GRACIA,
EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO,
BENDITA TÚ ERES,
ENTRE TODAS LAS MUJERES
Y BENDITO ES EL FRUTO
DE TU VIENTRE. JESÚS”

Lanzábamos a los cuatro vientos nuestra devoción por la Santísima Virgen, sellando con el “Ave María” el pacto de fe que teníamos hacia Ella. Habíamos adoptado, sin saberlo, un dogma discutido durante siglos y alabábamos a la Madre de Dios sin fisuras y con una fe indestructible, y todo ello mientras nos agarrábamos con fuerza al regazo de nuestras madres en la tierra, nuestras queridas maestras de vida. 

La proclamación del dogma por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus, tan sólo vino a confirmar oficialmente una creencia defendida durante siglos por millones de fieles y estableció que María fue concebida sin mancha de pecado original. 

En la Biblia no se menciona explícitamente el dogma, tan sólo se deduce cuando es interpretada de forma correcta según la Tradición Apostólica. En el pasaje de Génesis 3:15, que contiene la promesa de que vendrá un redentor, se menciona la Madre del Redentor y su preservación de todo pecado, manteniendo su estado de gracia. 

En Lucas 1:28 el ángel Gabriel enviado por Dios le dice a la Santísima Virgen María: ”Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Aunque en este pasaje no se prueba la Inmaculada Concepción, sí se sugiere ya que las palabras “llena de gracia” no hacen justicia al texto griego original: “kecharitomene”, que significa una singular abundancia de gracia, un estado sobrenatural del alma con Dios.

Siglos de creencia sin igual, de defensa férrea de un dogma sin proclamar pero que diversos Papas habían mimado, adoptado, creído y defendido muchos años antes. Así Sixto IV, en 1483, había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada a toda la Iglesia de Occidente, enriqueciéndola con indulgencias semejantes a la fiesta del Santísimo Sacramento. Pío V, en 1567, cohibió fuertemente la polémica que había en torno al dogma al condenar  la tesis de un teólogo llamado Bayo, quien pretendía que la Virgen habría muerto como consecuencia del pecado original. Y, medio siglo después, el Papa Paulo V, reafirmando la fe en la Inmaculada, decretó que persona alguna se atreviera a enseñar públicamente que la Madre de Dios había sido manchada por el pecado original.

Pero el dogma no estaba exento de polémicas, de defensores y detractores. Desde que San Andrés le dijera al procónsul Egeo: “Y porque el primer hombre fue formado de unta tierra inmaculada, era necesario que el Hombre perfecto naciera de una virgen igualmente inmaculada”, muchos hombres sabios, teólogos, beatos, y demás almas de Dios, han aportado, discutido, puesto en entredicho y malinterpretado palabras y hechos al respecto. San Hipólito, San Agustín, Sin Vicente Ferrer y cientos de santos varones defendieron la causa. Otros hubo que se empeñaron en arrojar escombros sobre tales creencias, entre ellos San Bernardo y Santo Tomás de Aquino. Estas discusiones y polémicas encendidas no hicieron más que contribuir notablemente al crecimiento del ardor mariano y a la propagación por el mundo del dogma, tarea destacada que realizó de forma magistral la Compañía de Jesús por Latinoamérica. 

Dejando los debates a un lado, suficientes doctores tiene la iglesia para su estudio,  no arrojaré más leña al fuego ni alimentaré ninguna razón sino que destacaré la fidelidad a María Inmaculada de millones de católicos desde mucho antes de que se proclamase el dogma. Juramentos, oraciones, devociones, proclamas, celebraciones y mensajes, conjugan esta dinámica desde hace 18 siglos, como el que no quiere la cosa. Desde mi punto de vista destacaré ciertos casos, por su juramento, por el mensaje escondido, por la devoción almacenada, por la creencia adoptada y por la defensa fervorosa.

Como herencia permanente de la doctrina y la tradición católica, cuando acudimos al confesionario, a confiar nuestras faltas al sacerdote, lo primero que decimos al arrodillarnos es:

  • “¡Ave María Purísima!”
  • “Sin pecado concebida” – responde el cura.

¿Alguna vez nos hemos preguntado qué significan estas frases? ¿las decimos como meras formulas impuestas para ese rito?. La profundidad del mensaje va más allá, cuando el penitente tantea la confianza del confesor. Si este proclamaba su fe en la Inmaculada Madre de Dios, libre de todo pecado, era de confianza para contarle las faltas cometidas.

Es curioso que ya en 1497, como condición para obtener el doctorado, la Universidad de París instituyó el juramento de defender para siempre que la Santísima Virgen fue concebida sin pecado. Al poco tiempo esta conducta fue imitada por la universidades de Colonia (Alemania) en 1499, Maguncia (Alemania) en 1501 y Valencia en 1530.

Se iba hilvanando un fino transito de fe entre creyentes que juraban fidelidad eterna a María, transmitiéndose de padres a hijos ese legado de gloria hacia la Madre de Dios. Y todo con el mayor de los entusiasmos y desde el más poderoso al más humilde. Era normal encontrar en esa época, sobre el umbral de las puertas de ciertas casas españolas, esta advertencia al visitante:

“No transponga este umbral
quien no jure por su vida
haber sido María concebida
sin pecado original”

Un caso que llamó poderosamente la atención fue el Juramento de Sevilla, donde las convicciones religiosas se llevaron hasta consecuencias inusitadas, como fácilmente ocurre con el pueblo español. Esta formula solemne tuvo lugar en la ciudad hispalense en 1617 y según el relato de un cronista de la época, los hechos ocurrieron de esta manera:

Al despuntar el alba del 8 de diciembre, el viejo y santo Arzobispo llegó a la iglesia ya repleta de fieles y dio comienzo a las celebraciones, que se prolongaron hasta las cuatro de la tarde. Danzas regionales apropiadas a la dignidad del acto fueron ejecutadas durante la procesión. En el recinto de la iglesia volaban los pájaros con cintas atadas al cuello y donde estaba escrito: “Sin pecado original”.

Empezó la Misa al mediodía. Tras el sermón, “comenzó el juramento de tener y defender la opinión de que la Virgen Nuestra Señora fue concebida sin pecado original.”

El primero en hacerlo fue el Arzobispo. De pie y sin mitra, cantó la larga fórmula del voto. Enseguida, el ceremoniario le hizo la pregunta:

  • ¿Su ilustrísima Señoría promete y jura por estos Evangelios de Dios que profesará y defenderá siempre esta opinión?
  • Así lo prometo, así lo juro, así me obligo solemnemente, así me ayuden Dios y estos santos Evangelios.

Cuando extendió las manos sobre el misal, sonaron festivamente las campanillas, repicaron los carillones de la torre, tocaron los órganos, se hicieron oír los cantores, entraron bailando los conjuntos de danza. De todos los labios brotó la misma exclamación: ¡María concebida sin pecado original!.

Después del Arzobispo prestaron juramento los demás eclesiásticos, los nobles guerreros, comenzando por el general Conde de Salvatierra, las autoridades civiles y, por fin, los fieles. No quedó nadie sin jurar.

Y Sevilla desde entonce lleva a gala su fervor concepcionista. Honores, vítores, cantos estudiantiles de las tunas ante el monumento de la Inmaculada, orgullo mariano y coplillas tatareadas por doquier. Y los Seises de Sevilla, en las celebraciones eclesiásticas de cada 8 de diciembre, desde entonces vienen pregonando alegría y dones para la Virgen, mientras que, con sus llamativos colores de entusiasmo, danzan entonando estas coplas:

En las hojas del tiempo
catedral de Sevilla
has escrito las glorias
del candor de María
con acento de arte,
religiosa armonía.

Eres Pura y Limpia
señora mía.
En esta tu casa
siempre se sabía,
siempre se anunciaba
como el alba al día.
Antes de que en Roma
el dogma se oyera,
aquí Inmaculada lucía tu
aurora.

Eres Pura y Limpia
señora mía.
cantando, danzando,
en las hojas del tiempo,
bella profecía,
lo dejamos escrito.

Se abrieron los mares
desde aquesta orilla
rezaban las velas
Virgen sin mancilla.
Llevamos tu nombre
hasta la otra orilla
y América dijo
Virgen sin mancilla.

Y también en Sevilla, dos años antes de este juramento solemne, el 27 de septiembre de 1615, por iniciativa de su Hermano Mayor, Tomás Pérez, la Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Nazareno, conocida comúnmente por “El Silencio”, fue la adelantada en la defensa del Ministerio de la Inmaculada con voto y juramento de sangre, que se conmemora desde entonces en la estación de penitencia de cada madrugada del Viernes Santo con la Bandera Blanca, con sus anagramas, la espada desnuda, símbolo de la defensa del Misterio, y la Vela, símbolo de la fe en dicho Misterio. 

Mucho antes de la proclamación del dogma, cientos de pueblos, millones de creyentes, hacían el juramento de defender la creencia de la Inmaculada Concepción. Por eso nos llama poderosamente la atención cuando contemplamos reminiscencias de un pasado fervoroso en la actualidad, motivos de un juramento que hicieron nuestros ancestros sembrando la semilla de María Inmaculada en nuestros corazones. 

No queda la cosa aquí. Hay miles de anécdotas, historias, feligresías entregadas y proclamaciones sentidas de un Misterio sagrado sin parangón, asumido como propio por cada comunidad y transmitido a lo largo de los tiempos. Fervor ardiente de un pueblo fiel que, encima, presionaba a las instituciones, de todo tipo, para que hicieran igual juramento. Parroquias, cabildos, cámaras municipales, órdenes religiosas, monasterios y, por encima de todo, los Reinos de Castilla y León. Aunque merecen una mención especial las distintas universidades de la península ibérica que había en aquellos tiempos: Granada, Alcalá, Sevilla, Santiago, Toledo, Baeza, Salamanca, Oñate, Osuna, Oviedo, etc.

La más importante de las universidades era la de Salamanca. Se hicieron célebres las festejos que se organizaban con motivo al acto de Juramento, incluso al “Fénix de los Ingenios”, Lope de Vega, se le encargó una pieza teatral para ser representada aquel día. 
Según el cronista de la época, en el curso de esta pieza ocurrió algo “de lo más significativo para conocer el entusiasmo que sentía por la Inmaculada el gran pueblo español del siglo XVII”. Era costumbre de los estudiantes aclamar con vítores a sus compañeros cuando respondían con brillantez a las preguntas de los profesores o triunfaban en las disputas literarias. Conociendo esto, el gran poeta hizo terminar el segundo acto de su obra con la siguiente exclamación:

“¡Vitor la Virgen, señores, concebida sin pecado!”.

Mal terminó el actor de decir esto, todos los asistentes –príncipes, maestros, doctores, sacerdotes, damas ilustres, hombres rústicos y niños- saltaron como movidos por la magia y respondieron al unísono con atronadores vítores, que aumentaron en todos lo corazones el ardiente amor a la Inmaculada Concepción.

Pero no sólo en España gozamos de esa inusitada devoción hacía María Inmaculada y, amén de muchos pueblos de Europa y de Sudamérica, nuestra vecina Portugal adoptó con fuerza este clamor que corrió como la pólvora por el reino lusitano. Como ejemplo podemos citar que, en 1617, la famosa Universidad de Coimbra envió al Papa un mensaje afirmando su fe en la Concepción Inmaculada de María. Y en 1646, sus profesores prestaron solemne juramento de defender este privilegio de la Madre de Dios. Pero varios años antes, en 1618, por decisión de la Cámara Municipal de Lisboa fueron colocadas en la puerta de la ciudad inscripciones grabadas en piedra afirmando que la Virgen María fue concebida sin pecado.

Incluso para tomar tintes de oficialidad y majestad, en 1646, llevando a buen puerto los deseos y anhelos de sus súbditos, el Rey Don Juan IV proclamó a Nuestra Señora de la Concepción como patrona de sus Reinos y Señoríos. Y para refrendar esta defensa y devoción, ocho años más tarde, un nuevo decreto real ordenaba que “en todas las puertas y entradas de la ciudades, villas y lugares de sus Reinos, se colocará una lápida confirmando la fe del pueblo portugués en que la Santísima Virgen no fue manchada por el pecado original”.

Una geografía sembrada con innumerables templos, capillas, santuarios e iglesias  levantados en honor a la Inmaculada. Todos edificados bajo un solo signo, el amor por María madre de Dios, libre de todo pecado.

Muchos detalles se me quedarán en el tintero, muchas historias por contar y muchas devociones por mostrar. La idiosincrasia de cada pueblo es inmensa y de ella aprenderemos cada día pues se aferra intensamente a la fe y a la tradición. Y aunque, con el tiempo, me lleguen detalles que hoy no recojo en estas líneas, nuestros corazones irán recopilando, poco a poco, sentires, reseñas y momentos únicos de una devoción imperturbable, inquebrantable e ilimitada en María Inmaculada. 

No busco el porqué de este devoción mariana, ni dejo al azar explicación alguna, tan sólo me quedo con los detalles que contemplo. Y puedo ver que el pueblo fervoroso entiende la fe a su manera, palpa un fervor inquebrantable en María Inmaculada, aprende de sus tradiciones, bebe de las fuentes del tiempo, sabe transmitir emociones y le es inherente, propio, el dogma de una Virgen Madre de Dios sin mácula por siempre, defendiéndolo a capa y espada, por el honor de una palabra dada y aprendida de madres a hijos.

Quiero terminar con una frase sencilla y clara, la respuesta firme que dio la Madre de Dios en Lourdes, en 1858, ante la insistencia de Santa Bernardina para que dijera quien era:

“Yo soy la Inmaculada Concepción”