Hace ya un buen rato que no sabemos nada del otro protagonista de mi historia, el que nació primero de los dos. Cuando empecé a contárosla os dije que ambos pequeños nacieron “casi al mismo tiempo”. Esto no es del todo cierto, o sí, según como lo veamos. El “casi” son unos dos mil años de diferencia, aunque bien podían ser segundos en lugar de siglos por cómo se ha desarrollado su relación de amistad en los años posteriores al nacimiento del segundo pequeño, al que tan bien conocemos ya.
Si ahora hago una retrospectiva de mis treinta y siete años de vida, en cada instante, en cada acontecimiento importante que me haya podido ocurrir, Él ha estado y está presente. Hoy mismo, esta mañana, he ido a su encuentro para contarle cómo estaba de nervioso, para confesarle el temor que tenía ante ese desafío, este compromiso que adquirí con todos y cada uno de los cofrades de Arahal cuando acepté ser el presentador de mi amigo y hermano Rafael Martín. No ha hecho falta que me responda, solo con mirarle a los ojos me he sentido reconfortado y apoyado, sabiendo que una vez más estará mi lado en todo momento.
Él, mi Cristo de la Esperanza, mi Cristo moreno, que en la Cruz está por nosotros, pues por nuestros pecados fue muerto.
Él es mi amigo, mi confidente, a quién recurro en los momentos malos, con el que compartir los buenos. Ante ÉL me presentó mi madre con solo tres meses de vida, pero ya siendo uno más de sus nazarenos, con mi túnica y capa blanca, lo del antifaz se perdona que era demasiado pequeño. Desde aquel día hasta el presente, cada Viernes Santo ante Él me presento de nuevo. Bueno, falté un año por trabajo y espero no volver a hacerlo. Aquello fue muy duro, desde la distancia sentir que no estaba, que me perdía ese indescriptible momento en que el sol de la tarde más bonita del año empieza a recorrer poco a poco su torso desnudo y herido a medida que el paso avanza por el cancel de la parroquia.
Cristo de la Esperanza, Esperanza, que sentimiento tan importante en esta época que nos ha tocado vivir. Si no tenemos Esperanza, ¿qué nos queda? Cuando no nos queda nada, ¿a quién nos encomendamos? Para mí, la advocación perfecta para alguien que es Esperanza en sí mismo.
Muchas veces he pensado, ¿por qué soy hermano de la Esperanza? La respuesta siempre la misma, sencilla y fácil de entender: porque no podía ser de otra manera con la familia en la que Él me hizo nacer. ¿Entendéis ahora porque os decía que estábamos predestinados a conocernos desde antes de mi nacimiento?
Mi abuelo, Pepe Brenes, el de la Fama, más esperancista ya no se podía ser. Mientras sus fuerzas se lo permitieron estuvo acompañándolo con su túnica por las calles de nuestro pueblo y cuando el peso del cirio, de las horas de recorrido y de sus años eran demasiada carga, no faltó ni un solo Viernes Santo a su cita en la salida de la Hermandad, su Hermandad. Fue él quien nos inició en este bonito sueño de Esperanza, quien nos enseñó el significado de su Cruz, en definitiva, el que nos inculcó su amor por la Esperanza y nos hizo verdolagas por los cuatro costados.
Padre Nuestro
Dios de Esperanza
En la cruz muerto
Para perdonar nuestros pecados
Para salvar a tu pueblo
Quisiera soltar tus manos
Poder bajarte del madero
Quitarte la corona de espinas
Curar las heridas que te infligieron
Evitar en tu costado la lanzada
Que abríonos fuente de amor eterno,
Hasta el soldado encargado de hacerlo
Una vez clavada
Y mirando al cielo
Dijo estas palabras,
Palabras de arrepentimiento:
Verdaderamente, ese era el hijo de Dios
Y desde entonces fue tu siervo.
Hoy hace treinta y siete años
A tus pies me pusieron
Mi madre me llevó ante ti,
Siendo mi padre tu costalero,
Mi abuelo me enseñó a quererte
De tu cofradía me hizo nazareno
Cada tarde de Viernes Santo
De su mano me llevaba a tu encuentro
Hoy está a los pies de tu Cruz
Junto a otros que también se fueron
Para acompañarte día a día
En el reino de los cielos.
Tu Esperanza muestra aquí
Guíanos al camino correcto
Para que se sientan orgullosos
De sus hijos y nietos
Cristo de la Esperanza
Solo un año he faltado
A mi cita contigo, a nuestro encuentro
Hoy me postro ante ti,
Y desde aquí me confieso
Hasta el día que yo muera
Tu Cruz será mi guía,
Para seguir tus derroteros,
Con mi faja y mi costal
O con cirio de nazareno,
Pues una cosa tengo clara
Y cada tarde de Viernes Santo
Es como un reencuentro
Cuando llego a tu casa,
Y ante ti rezo un padrenuestro
Aún lo puedo sentir
Está junto a mí,
Es tu hijo, mi abuelo.
D. Antonio Brenes Peña
Extracto del Pregón de la Semana Santa de Arahal de 2016
