
I.- INTRODUCCION.
Gracias Señor por esta oportunidad de acercarme a ti en unión a los hermanos de tu Cofradía. Ellos han querido que sea yo, sin mérito alguno, quien ponga voz a este momento de intimidad contigo.
Bendito y alabado seas por siempre en el Santo Sacramento del Altar y benditas y agradecidas sean todas las gracias que a cada instante vas regando en nuestras almas, en nuestras familias, en nuestras vidas.
Unas gracias inmensas y que sin embargo muchas veces no somos capaces de ver o de sentir.
Santa Teresa de Jesús escribió aquellos versos perfectos en los que decía: “Quien a Dios tiene, nada le falta; solo Dios basta”,. Qué lejos estoy yo y qué lejos estamos muchos, seguramente demasiados, de Ti. Al menos que lejos estamos como para que solo contigo nos baste.
Teresa de Jesus fue una mujer que persiguió tu amor durante toda su vida y después de muchos años de ser una monja del montón, como ella misma se definió, un día te encontró y ya no quiso nada más. Igual le ocurrió a Teresa de Lissieu; solo vivía del amor a ti y por eso las dos son Santas y por eso las dos están declaradas Doctoras de la Iglesia.
II.- LA FELICIDAD CON DIOS EN LA ORILLA DEL CAMINO.
Hoy vamos persiguiendo la felicidad, la comodidad, el éxito, pero en nuestra persecución te hemos dejado a la orilla de nuestro camino. No, no te hemos borrado de nuestras vidas, Tu lo sabes, nos conoces mejor que nosotros mismos, queremos tenerte ahí,,,,, pero solo por si acaso.
¿Por si acaso, qué? Por si acaso surge algo extraordinario que nosotros no podamos manejar. Mientras tantos nos creemos con la suficiente capacidad de alcanzar lo que queremos por nuestras propias fuerzas exclusivamente.
Zigmun Bauman, el judío filosofo polaco dejó escrita, entre otras, una gran verdad: “El hombre actual tiene muchos caminos para ser feliz, pero todos pasan por una tienda”.
Así nuestra felicidad consumista se autoalimenta y nos hace querer cada vez más, pero de lo mismo, y eso nos hace ir dejándote a la orilla del camino. Eso también se llama libertad.
Tu nos has hecho libres. Libres de aceptarte o de rechazarte. Libres de seguirte o de olvidarnos de ti. Libres de organizar nuestras vidas contigo dentro o dejándote en la calle, fuera de nuestras comodidades y de nuestro pequeño mundo. Libres incluso de pecar abiertamente contra Ti.
¡Hay que ver cuanto clamamos por la libertad! La exigimos a cada momento. No se nos cae la palabra de la boca. Libertad para hacer lo que nos plazca. Libertad para no sujetarnos a casi nada. Libertad para transgredir hasta lo más sagrado y lógico del orden natural. Libertad como plataforma de lanzamiento para exigir derechos, nunca obligaciones. Libertad…, ¡Qué palabra más manoseada, más maltratada, casi tanto como la palabra Amor!!
Y sin embargo la libertad es un don de Dios. Un don digamos que mal usado desde el principio en que el hombre escoge entre el bien y el mal y Dios le respeta la elección (Gen.3 17-19) pero, claro, olvidamos que es un don muy comprometido, seguramente el que más, porque NO solemos tener en cuenta que cada libertad es una calle que recorremos y una calle que termina en una plaza que, en la mayoría de las ocasiones no tiene salida.
Hace unos días en las elecciones de una hermandad de Sevilla en la que había más de un candidato a Hermano Mayor, oí a varios hermanos y hermanas decir… :”Saldrá elegido el que el Señor quiera”.
Modestamente no estoy de acuerdo. Sobre todo, cuando veo que las hermandades se han mimetizado con la política y llevan a cabo practicas muy parecidas a las de los partidos políticos en ese trance electoral. No. Yo creo que somos responsables de lo que hacemos y somos responsables de lo que elegimos. De otra forma siempre saldrían elegidos los mejores y las hermandades nadarían en un permanente estado de autenticidad y de crecimiento en la Fe y el conocimiento de Dios. Y desgraciadamente no siempre es así.
¿Es que Dios no interviene en la vida humana?.- El cardenal Ratzinger lo explicó muy bien.
Dios si está presente en las acciones y experiencias de cada día, tanto en las buenas, como en las dolorosas, pero solo si le abrimos las puertas de nuestras vidas. Dios, dijo, interviene en la vida humana al estar presente no como una fuerza que lo arregla todo, sino en un sentido más profundo, actuando en el día a día de cada persona y en la historia, a través de la apertura del creyente a su presencia.
Ratzinger se oponía a la idea de que Dios intervenga puntualmente en los asuntos humanos. Es decir, no a través de milagros externos, sino al estar presente en las acciones y experiencias de cada día, tanto en las buenas como en las dolorosas, siempre y cuando la persona esté abierta a El.
Y en ese abrirnos a Ti para que intervengas en el día a día de nuestras vidas debemos tener presente que Dios es extraordinariamente prudente y no se mete en nuestra conducta más que cuando lo invitamos a que entre. Él está deseando de entrar, pero respeta nuestra libertad. Eso sí, en cuanto ve un resquicio de aceptación, de acogida por nuestra parte, entra gozoso y radiante en nuestras vidas. Pero tenemos que invitarlo.
Por ahí ronda el sentido de aquello que decía San Pablo en la Carta a los Colosenses (1, 24), poner nosotros como miembros de la Iglesia, lo que le falta a la Pasión de Cristo.
¿Cómo podemos nosotros completar la Pasión de Cristo?. ¿No es eso una barbaridad?. La Pasión de Cristo no solo fue suficiente para redimir a la humanidad, fue sobre abundante, pues le hubiera bastado con un simple acto de voluntad para redimirnos y sin embargo quiso hacerse uno más como nosotros en todo menos en el pecado y llevar sobre si todos los pecados de la humanidad hasta la muerte y muerte de Cruz.
Pero….. y ahí viene otra vez la libertad. Solo nosotros podemos acceder a los méritos de esa Pasión, aceptándola y asumiéndola. Así como en el Paraíso se puso ante el primer hombre la opción entre el bien y el mal, así tras la Salvación de Cristo, este nos deja en libertad de acogerla o rechazarla. De creer en ella o de negarla. Si lo pensamos fríamente la libertad es un arma de doble filo.
Aceptarla la Pasión de Cristo es reconocerla como nuestra salvación. Asumirla es continuar en nosotros los padecimientos de Cristo.
Asumimos la Pasión de Cristo cada vez que acudimos al Sacramento de la Penitencia. Santa Margarita de Siena decía que cada vez que recibía la bendición de su confesor, sentía que la Sangre de Cristo se derramaba sobre todo su ser. Cada vez que PARTICIPAMOS en la Eucaristía, ofreciendo en la misma, junto al pan y al vino, todo lo que somos y lo que tenemos, nos conformamos, nos hacemos uno con Cristo en su Pasión.
Cada vez que hacemos debidamente nuestra Estación de Penitencia vistiendo nuestra túnica, nos estamos revistiendo de Cristo y nos estamos uniendo a Él y así ponemos lo que Cristo ha querido dejarnos en libertad de poner o no poner, lo que le falta a su Pasión, para que sea beneficio eterno para nosotros.
Ahí radica la importancia de nuestra túnica. No es un disfraz marcado por una tradición vacía, es nuestro instrumento de acercarnos y abrazarnos con Cristo en su Pasión.
Quien ayuda a uno de los más débiles que eran los predilectos de Jesus, se está incorporando a la Pasión de Cristo y aumentando la Esperanza de unirse definitivamente a El.
Quien acepta su enfermedad como el complemento de la Pasión de Cristo, está poniéndole a esta lo que por su parte le falta. Eso nos convierte en salvados “activos”, no en meros beneficiarios de la Salvación.
III.- FE, ESPERANZA Y CARIDAD.
Recuerdo que, de pequeño, cuando en las clases de Catecismo nos enseñaban las virtudes teologales, siempre las decían en el mismo orden: Fe, Esperanza y Caridad. Pero a continuación añadían: de las tres, la mas importante es la Caridad.
Y yo, en mi mentalidad infantil me preguntaba, por qué razón, si la Caridad era la más importante, iba en tercer lugar, debería ser la primera. No entendía yo por entonces aquello y tardé en comprender que las tres virtudes teologales no pueden existir la una sin las otras y vienen a ser como un camino ascendente y casi diría yo, -y no quiero soltar un error teológico-, como un reflejo de la Santísima Trinidad, un cierto parecido, un cierto reflejo de ese misterio insondable del Trino y Uno Divino.
¿Porque, como podríamos tener Esperanza sin tener Fe, y como podríamos llegar a la Caridad que es el reflejo más directo de la Fuente del Amor que es Dios, si no creemos en El y si no tenemos puesta en El nuestra Esperanza? A mí me parece imposible.
San Pablo lo explica en la primera carta a los Corintios (Cor, 13, 13).
Llegará un día en que la Fe no haga falta porque habrá llegado el día de conocer a Dios, cara a cara; ahora solo lo percibimos como en un espejo. Llegará un día en que ya no será necesario esperar a Cristo ni esperar en Cristo, porque ya habrá venido de nuevo en su Parusía y cuando el novio llega se acaba la espera. Pero la Caridad, ahora humana e imperfecta, se hará perfecta y plena en la unión con Dios por la eternidad. La Caridad no tiene fin, porque culmina en el retorno a Dios que es la Fuente del Amor inextinguible.
Así Señor que, tenemos tres virtudes teologales que nuestra humanidad hace imperfectas mientras estamos en este mundo y te percibimos a través de nuestras Imágenes Sagradas, que nos sirven de guía hacia Ti.
Porque es verdad que creemos en ti, pero ¿cómo es nuestra FE?
Pequeña como un grano de mostaza caído, no en tierra fecunda, sino a la orilla del camino, donde los pájaros las devoran, o entre zarzas que la agostan y no la dejan crecer.
Una Fe pequeñita, endeble, fácil de tumbar por un viento ni siquiera fuerte.
Un día preguntaste a tus discípulos: “Quien dice la gente que soy yo? Y unos le respondieron que Moisés, otros que Elías, otros que un profeta… y entonces Tu les preguntaste: ¿Y vosotros, quien decís que soy yo?
Qué pasaría si Tu, esta noche, nos preguntases a cada uno de nosotros, a Jose, a Antonio, a Ana, a Teresa, a Nicolas o a mi…. ¿Quién soy yo para ti?
¿Sabríamos contestar? Yo creo que con algún que otro atragantamiento, te sabríamos contestar que eres el Hijo de Dios hecho Hombre para salvarnos. Te sabríamos decir, sobre todo las mujeres que son más valientes que nosotros, que además te queremos. Que, a pesar de nuestras faltas, de nuestros olvidos, de nuestras materialidades, te queremos.
Que hemos visto muchas veces tu mano en nuestras vidas y que, a pesar de ello, ni te lo hemos agradecido bastante, ni hemos aprendido de verdad a confiar en Ti.
Santísimo Cristo de la Esperanza, te deberíamos llamar también o más propiamente quizá, Santísimo Cristo de la Confianza.
¿Pero que esperamos de Ti? – Esperamos el favor directo e inmediato. El remedio a nuestra salud, el bienestar de los nuestros. El que nos salves de peligros inminentes.
Y la Esperanza que tu quieres de nosotros no es que hagamos grandes hazañas. Tu solo nos pides abandono y gratitud.
Abandono, es decir confiar en Ti por entero, sin resquicios ni dudas, como el trapecista que se lanza confiado al vacío sabiendo que al otro lado su compañero le agarrará antes de que caiga. ¿Sabremos nosotros Señor confiar en ti algún día así? ¿Sabremos hacer crecer el grano de mostaza de nuestra Fe hasta convertirlo en un árbol frondoso donde vienen, los pájaros a refugiarse?
¿Y nuestra Caridad, como es? – ¿No habremos reducido nuestra idea de la Caridad, es decir, del Amor, a un mero dar de lo que nos sobra?
¿No tendríamos que volver los ojos a Ti y aprender que amar no es dar, sino DARSE?
IV.- LIBERTAD Y PERDON. –
Libertad para creer o no creer en TI. Libertad para Esperar o no esperar de TI. Libertad incluso para amarte o incluso odiarte, como lo atestigua ese tizón puesto a tus pies. Y al cabo de esa calle de libertad está la plaza sin salida de la responsabilidad.
Ninguno tendríamos salida al llegar a esa plaza final, sino fuera por el otro inconmensurable regalo de tu infinita Misericordia. El perdón. No hay un tesoro mayor para un cristiano. Lo hemos experimentado muchas veces y esperamos de Ti que nos lo concedas en nuestro final.

V.- SONRIENDO HAS DICHOS NUESTROS NOMBRES.
Tu nos conoces Señor. Sabes del barro que estamos hechos. Pero sabemos que nos quieres con todas nuestras faltas y todos nuestros defectos e ingratitudes.
Me gusta; nos gusta, Señor, pensar que esta noche, aquí reunidos nos has mirado desde tu Cruz y has dicho el nombre de cada uno de nosotros con la sonrisa en tu rostro.
Esa sonrisa tuya que ahora no podemos ver, significa que Tú también nos esperas a nosotros.
¡¡¡Cómo será ver tu sonrisa Señor!!!
Pues confiamos en Ti y esperamos que al final de nuestros caminos, Tú nos recibas y.…sonriendo, digas nuestros nombres.
Amén.

