¿Para qué contarte que me pierdo con tus cosas… si tú ya de mí todo lo sabes? De sobra tú todo lo sabes. ¿Para qué decirte que no vivo si no te vivo, si desde hace tiempo me conoces demasiado? Por eso sé que susurrarte que mi ser está en tu ser… ¡es tan poco para lo que verdaderamente te mereces! Aún así, ¡quisiera hoy confesarte tanto y tanto…! ¡Deseo decirte ahora tantas otras cosas!
Tú me dirás que no hay nada en mí que no te haya contado ya… Y te comprendo. Pero déjame… déjame esta mañana, que, al menos, yo lo intente. Que no me quede el desconsuelo por no tener la valentía de haberlo procurado. Déjame, te lo suplico, Arahal… Concédeme aquí, ahora, la honra de elogiarte, aunque no existan palabras que puedan siquiera arrimarse a lo que siente este hijo tuyo por ti.
Arahal de sinrazones, Arahal de sentimientos, Arahal de mis creencias, Arahal de mis amores…
Sabes que me empeño por tener la virtud de enlazar unos versos que me rimen con tu aire… Y sólo… solamente, sé mirarte. Me obsesiona dominarme en mis impulsos, y no dejarme llevar por mis pasiones. Pero tengo que admitir que me seduces, y no puedo reprimir esa debilidad cada vez que salgo a alguna de tus calles. Al final, de forma irrenunciable, acabas conquistándome. ¡Ay! Arahal… Arahal mía… ¡Tú me cautivas cada vez que te camino! AL ANDARTE, siempre AL ANDARTE.
Por eso ambiciono dar forma a una estrofa que te pueda dedicar. Hoy más que nunca quiero cantar fervientemente… a cómo hueles por Membrilla en cada amanecida, a cómo suenas por San Pedro en la mañana, a cómo se te ve por calle Iglesia al caer la tarde, a lo bella que te hace ese naranjo en flor cada primavera… Barriete, Miraflores, Puerta Utrera…
Porque tú… Me ganas al cruzar una plaza en Corredera… Me engatusas por Cervantes antigua Zapateros, me conmueves al deambular por calle Nueva, me apresas perpetuamente por Serrano, me ensimismas silente por Enmedio, me embelesa surcarte por Pedrera… Y Pozodulce, Duque, Espaderos, Asencio Martín, Consolación, Laguna, Castelar, Colmena, Pilar, Mogrollos, Huertas, calle Marchena… Soy, lo reconozco, pedigüeño caminante de una a otra acera… Porque ahí, en tus calles, a jirones… Quedando, ahí quedándose… mi vida queda.
Sin embargo, hoy yo vengo a contarte algo que jamás te confesé, y que encierras en tu entraña, en lo más hondo de tu vientre. Porque tú, Arahal, tienes rincones, en ti hay lugares, donde encuentro los continuos “porqués” que a mi fe alimentan. La fe que mantengo en pie gracias a tu nombre y a muchos de los tuyos.
Tan es así, que esta mañana llego hasta aquí con el único propósito de desenmascarar cómo cuándo me acerco a San Roque alcanzo el sentido de mi propia existencia… Sabes que moriré con ello, Arahal, lo reconozco. Además, ¿cómo voy a disimularte ahora que a mi barrio siempre… siempre caminaré, para encontrarme con la grandeza de una Madre que me enloquece sencillamente con el no mirar de su mirada?
¿Y cómo te voy a ocultar, Arahal, que no puedo evitar alcanzar el Santo Cristo por la Plaza… Plaza de Abastos Vieja? Y que subiré esa escalinata que me lleve irremediablemente hasta sus plantas… A los pies del Señor, allí, donde siempre Él me espera.
¿Y cómo poder silenciarte que me prende el arrimarme a la Victoria, cada vez que vence una nueva atardecida, para ir a alcanzar la placidez que me brinda mi otro Dios Crucificado? ¿Y que me acerco a Veracruz por cualquier sitio, para empapar de Piedad y Amor mi pobre alma? ¿Y que me empeño cada martes en llegar a San Antonio… porque entres por donde entres, llegues por donde llegues, siempre, siempre… siempre… ¡a San Antonio siempre se llega!
¿Y de las Monjas? ¿Qué contarte que no sepas? Que sí… Que allí nunca faltará, aunque sólo sea por detrás de una reja, -por detrás de una celosía-, que los ángeles nos miren con los ojos de una Hermana.
Y caminando, caminándote, llegaré a un lugar que mi yo reserva para los últimos instantes buscando la paz interior desde el silencio. Será un jueves, y mis adentros pedirán llegar hasta la Parroquia. No hace falta decir cual. Lo sabéis… Aquella en la que justo a unos pasos tras entrar, a mano derecha, nos encontramos perpetuamente a Dios Sacramentado. Donde la llama tenue y rojiza de una vela alumbra de forma inagotable el valor de nuestras cuitas: mirar silente, orar sin palabras… Y entraré al Sagrario, una vez más, para, honrar a Dios mismo, a encontrarme otra vez, de nuevo… con toda la plenitud que justifica mi Esperanza. Con Dios, siempre con Dios.
Será entonces cuando llegue la ocasión en que volveré a padecer la bendita duda que persistentemente acompaña a este hermano verdolaga. Habré salido ya de la Capilla Sacramental y, como de costumbre, me situaré en el inicio del pasillo central de Santa María Magdalena. Quedará frente a mí el Altar Mayor en la distancia. Y mi ánimo comenzará a estremecerse… Retumbará mi interior de forma brusca… Están allí… a un lado y otro de mí… Siempre allí, cada oportunidad en que vine a buscarles…
¿Pero… a cuál de los dos primero mirar? Mis dos devociones, mis dos debilidades, mis dos… Están allí, a un lado y otro de mí…
Así, cada vez que me sitúe en la entrada de la Parroquia: porque jamás acertaré a buscar antes a uno que al otro. Y dilataré los tiempos a conciencia porque la Madre del Señor y el Señor mismo, entrañan para mí idéntico halo de magnificencia. Ellos son la perdición de este corazón que jamás llegará a distinguir, Cristo o Virgen, Dios o Madre… ¡Si los dos a la vez son los que tiñen de matices mis vivencias! ¡Si es que cuando me acerco a los dos, se me parte por dos el alma!
¿Y QUÉ PUEDO HACERLE A ESO YO?
PARA EVITARME ESA TRAMA
DE SIEMPRE TENER QUE ELEGIR
ENTRE UN ROSTRO O UNA CARA.
QUE YO NO PUEDO DECIDIR
ANTE DIVINAS ESTAMPAS:
ENTRE UNOS BRAZOS ABIERTOS
O EL DERRAMAR DE UNAS LÁGRIMAS.
¿POR QUÉ TENER QUE ELEGIR
CUANDO SON MI GUÍA, Y MI CALMA?
QUE SI UN CORAZÓN TRASPASADO,
QUE SI PUREZA DE DAMA.
ELLA, ROSARIO EN LA MANOS,
ÉL, SANGRE DIVINA EN SUS LLAGAS.
UNA: MADRE ENTRE LAS MADRES,
OTRO: EL DE LA ETERNA LLAMADA.
¿CÓMO ATREVERME A ELEGIR,
SI SON PARTE DE MI ALMA:
DIVINO MORENO EN LA CRUZ,
PERFILES DE REINA TEMPRANA?
A ÉL, CANASTO DORADO,
A ELLA, VARALES DE PLATA,
QUE SI MONTE DE ROJO CLAVEL
O ROSA APAGADO ENTRE JARRAS.
YO NUNCA PODRÍA ELEGIR
CUANDO MI FE ES LA QUE MANDA:
ENTRE ESA CRUZ QUE ES MI NORTE
O ENTRE UN PALIO DE ORO Y GRANA.
TIENE QUE TIENE MI FE
DOS EXTREMOS DE BONANZA:
UN CRISTO QUE SÓLO DUERME
Y UNA DULZURA ANIÑADA.
POR ESO ME NIEGO A ELEGIR
CUANDO MI FE ES LA QUE CLAMA:
ENTRE UNA VIRGEN QUE ES PURA,
Y EL QUE SIEMPRE A MÍ ME AGUARDA.
YO NUNCA PODRÍA ELEGIR
QUE CON ELLOS… ¡NADA ME FALTA!
MI CHIQUILLA, MI REINA, MI SEÑORA,
Y AQUEL QUE ME DA TEMPLANZA.
MI SEÑOR CRUCIFICADO
SEÑORA DE DIVINA GRACIA
PADRE SANTO DE MI AMOR
VIRGEN DE LIMPIA MIRADA.
¿CÓMO ATREVERME A ELEGIR,
SI LOS LLEVO EN MIS ENTRAÑAS,
SI EL CAMINAR DE MIS DÍAS
UNA Y OTRO LO ACOMPAÑAN?
YO NUNCA ME DECIDIRÉ,
ENTRE UN ROSTRO O UNA CARA,
LOS DOS QUE VELAN MIS SUEÑOS,
JUSTO AL LADO DE MI CAMA.
ME NIEGO A TENER QUE ELEGIR
PORQUE SON EL SENTIR DE MI ALMA
ENTRE EL ROSTRO DEL QUE ES DIOS
O DE MI NIÑA, SU CARA.
QUE OS QUIERO A LOS DOS POR “IGUÁ”,
QUE YO NUNCA LOS PONDRÍA EN BALANZA…
¡¡VIRGEN MÍA DE LAS ANGUSTIAS,
CRISTO MÍO DE LA ESPERANZA!!
D. Francisco Javier Rodríguez Caro
Extracto del Pregón de la Semana Santa de Arahal de 2013
