Sí, ya lo sabes, siempre los ha sabido, pues me has acompañado cada segundo de mi andadura. En tus manos siempre he puesto mi espíritu y lo seguiré poniendo, porque Tú eres mi vereda, mi fe y mi armadura. Y aun cuando la oscuridad se cernía sobre mí, con su fría guadaña, para apurar mi existencia, Tú fuiste el único fanal, la única luz encendida, el fuego impenetrable de brazos abiertos y el lucero en la noche dormida que siempre me indicaba el rumbo correcto.
Tú, fuiste Tú el que me ayudó a levantarme después de la caída, el que encendió mis noches, el que limpió las cenizas, el que enjugó las lágrimas y cicatrizó las heridas. Eres vela mayor en mi navío, capitán de mi barquita, horizonte de mi presente, timonel, brújula y vigía.
Porque Tú estás presente en mis hijos y en mi esposa, en el sol que los alumbra, en el recuerdo que atesoro, en mi familia protectora, en la oración perpetua, en la penumbra distante y en el suspiro de mi alma. Pues eres Mi espera y mi reflejo, la bendición que me sana, la sonrisa de mi credo, el primer paso de cada mañana, el entusiasmo vestido de esfuerzo y una Luz tan añorada, cargada de agradecimiento, que se posa sobre mi almohada, cada noche, para confortarme los sueños.
Fuiste Tú, y siempre has sido tú. Sin pronunciar palabra, como si tal cosa, como un rayo impoluto que ilumina la noche; como ese instante certero, que abre la ventana del amanecer; como esa seguridad que te mueve a seguir navegando a pesar de la zozobra. Tú y sólo tú, fulgor imperecedero, guardián imperturbable, de amor inconmensurable, que lo da todo en silencio.
Lo sabes y siempre los has sabido, porque he confiado plenamente en tus designios y cada tramo me ha llevado a ti, sin dudarlo y por completo, como una brisa protectora que me arrastra a tu arena para sentir de cerca tu aliento. No hay duda, no hay secreto, pues la confianza se mantiene firme y Tú me sigues guiando, entre mares, a buen puerto.
Y a pesar del funesto trueno
a pesar del afilado arpón,
a pesar de no distinguir el terreno
y de no dominar la emoción,
yo siempre tranquilo faeno,
dirigiendo firme el timón,
seguro en tu faro sereno
que siempre guía mi embarcación.
Porque eres candil sobre el centeno,
la proa de mi razón,
el ancla que yo encadeno,
en el seno del corazón.
En tu mar soy nazareno
y navego con convicción,
sintiéndome de gracia lleno
mientras lloro con tu pasión.
Y es que eres mi fiel galeno,
el que me cura con su perdón,
luz de bronce moreno,
a la que jamás pondré freno
para iluminarme con devoción.
Porque, cuando la verdad se silencia,
cuando la oscuridad nos alcanza,
cuando el mal dicta sentencia
en su rabiosa acechanza,
solo existe una evidencia,
un Sol en lontananza,
una añorada presencia
que ya nos pide paciencia
y que tengamos confianza.
Pues marcas siempre la diferencia
en esta difícil balanza,
mostrando tu magna indulgencia,
espíritu de coherencia
y un sacrificio a ultranza.
Y aunque las piedras de tu ausencia,
se claven en mi como una lanza,
siempre te deberé obediencia,
orgulloso de recibir tu herencia,
en la túnica de mi bonanza.
Y así me mueve Señor la impaciencia,
al contemplar tu semblanza,
al sentir de cerca tu esencia,
tu dulce y sutil cadencia
en la sangre de tu templanza.
Y en tu fulgor de clemencia,
y en tu justa enseñanza,
eres siempre referencia,
motivo de mi solvencia
y sostén de mi alianza.
Eres la Luz de mi existencia,
eres perenne alabanza,
el auxilio de mi impotencia
porque ya me insuflas prudencia
mientras mi destino avanza.
Evocación de mi vivencia,
cimiento de mi crianza,
la voz de mi conciencia,
la más sublime creencia
que en mi alma se afianza.
Y ya te digo en reverencia,
con el cirio en añoranza,
que eres mi mayor influencia,
la mejor bienaventuranza,
mi Salvador y mi querencia,
mi estación de penitencia
y mi Cristo de la Esperanza.
D. José Carlos Mena Sánchez
Extracto del Pregón de la Semana Santa de Arahal de 2018
