Y de pronto el silencio me envuelve, como un manto invisible de temores y ausencias; la osadía, antaño presuntuosa y altanera, se ha diluido impertinente, dejando que las palabras se agolpen sin sentido en un lamento mudo, cuajado de torpeza. Mis labios tiemblan, apenas me atrevo a sostenerte la mirada y cuando por fin lo consigo, cada año con más esfuerzo, el tiempo se detiene por completo, ante la certeza absoluta de tu majestad inigualable. No me atrevo más, me abruma tu luz irrepetible, inabarcable, y ese candor confortable que acuna mi alma atormentada, como sólo tú acostumbras, sin desaires, sin rencores. Como una madre paciente que espera, que está ahí para su hijo, dispuesta, solemne, con las manos abiertas y el corazón henchido de amor indeleble.
Y ya tu rostro lo dice todo, en esa evidencia que da el corazón, transparente e inmaculado. Y me quedo absorto, paralizado, simplemente embobado en el candil de tus ojos, como un lucero en la espesura, una estrella en la noche, una voz en la penumbra y un abrazo que te acoge. Sí, Madre, aunque no venga a verte a menudo, lo eres todo para mi pues te tengo en el pensamiento, noche y día, en completo agradecimiento por tu intersección y tu valía.
Y cada Viernes Santo, ante tu hermosura, me postro ensimismado, seducido por tu ternura, completamente extasiado, pendiente de mi ventura y locamente prendado. Pues, aunque no me atreva a mirarte, aunque me cueste la razón y el resuello, aquí estoy esta tarde, para decirte lo que siento, lo que significa tu nombre, tu nostalgia en mi sentimiento. Te quiero como sólo se puede querer a una madre, sin dilación y sin tormento, sin bagajes, sin argucias, sin tener banas excusas, sin pretensiones ni miramientos.
Y desprendido de todo, ando yo alocado,
por los senderos desconocidos,
de tu fiel amor encontrado;
en tu refugio aventurado,
con el sentido dormido,
como aquel niño asustado,
que recitaba versos distraído
y lanzaba plegarias al pasado.
Pero sin más quedé cegado,
sumido en la oscuridad plena,
con el simple roce inmaculado,
de una mirada de gracia llena
y dos luceros enamorados
en tu faz blanca y serena.
Y quedé atrapado en tus ojos,
pecado venial en estampida,
encadenado a mis despojos,
y cautivo de amor sin medida;
soy preso de tu luz engrandecida,
que espera su suerte y arrojo,
para ver a la muerte herida,
suplicar entre rastrojos,
mientras mi alma agradecida,
se postra a tus pies, de hinojos.
¡Angustia, mi Virgen querida!
¡Mujer que abre los cerrojos!
¡Querer que me da la vida!
¡Pasión que provoca el sonrojo!
¡Flor de Esperanza enaltecida
y dulce Madre de mis antojos!
D. José Carlos Mena Sánchez
Extracto del Pregón de la Semana Santa de Arahal de 2018
