En mi trayecto cotidiano, teniendo en cuenta esos vaivenes del reloj, el calendario, desde mi niñez, me ha marcado una cita deseada e ineludible. Así, en ese viernes único del año, en esa ocasión para la razón y el repeluco, acudo ante Ella para cumplir con mi ritual y confirmar mis convicciones. Detalles de palmas abiertas, declaraciones furtivas, peticiones escondidas y una bulla callada que pasa desapercibida, pese a las palabras, a la conversación conmovida, a los reproches de aquel amigo y a las promesas incumplidas.
- ¿Ya estamos otra vez? ¿Qué pasa? ¿No tienes otro día para venir?
- ¿Y crees que no lo sé Juan? No hace falta que me des sermones ni que me mires con seriedad pues reconozco que apenas vengo a veros.
- ¿Y por qué no vienes más a menudo?
- No lo sé, las prisas quizás, que son malas consejeras; este mundo alocado y traicionero, ese rezo apurado y el murmullo distante hacia su altar, donde tú, persistente y fiel, eres testigo impoluto de todo.
- Aunque perdona tus ausencias y siempre reza por ti, ella es tu Madre y se merece alguna que otra visita.
- Lo sé, pero a pesar de los años y las distancias, de las arrugas y soledades, ¿Sabes qué siempre tengo su nombre en mis labios?
- Otra vez la misma cantinela. Sabes de sobra que eso no me sirve.
- Sí, también lo sé, no es excusa para venir siempre a la misma hora y estar en el mismo sitio, buscando tu complicidad, pero ya son muchos años con esta tradición encubierta y no lo puedo remediar.
- Chiquillo, ¿De verdad crees que es el mejor momento?
- A pesar del bullicio, del revuelo ajetreado, del matiz verde de las miradas, de los haces de luz penetrando impunemente por las vidrieras, de los murmullos, de los silencios, de los ojos clavados en Ella y de los nervios acumulados, siempre te pido lo mismo porque no me canso de contemplarla, tan bella, tan exultante y galana.
- Ya lo sé, todos los años es igual, no tienes remedio.
- Anda, déjame un rato a solas con Ella, Juan, sólo serán unas palabras, un requiebro nada más, el detalle oportuno para poder sus lágrimas enjugar.
- No me seas zalamero, que ya sé por dónde vas.
- Juan, pero ¿tú la has visto bien?
- No la voy a ver. Soy su sombra, noche y día, su hijo y su eterna compañía.
- Pues eso ¡Mas hermosura no se puede aguantar! No sé lo que tiene el Viernes Santo, que cuando en su pasó está, la blancura de su encanto reluce de majestad bajo las bambalinas del palio. ¡Anda, déjame! Que sólo será un murmullo robado a la tarde, un encaje prendido en el misterio de su talle.
- No sé cómo lo haces, pero siempre me convences. Venga, date prisa que todo está preparado para salir
- Está bien Juan, como tú digas, seré breve y conciso mientras le hablo a mi Madre. Te prometo que vendré a veros más a menudo, aunque sea en penumbra, en ese perfil inigualable de un rostro iluminado por la pureza de los ángeles. Gracias por todo amigo mío y, sobre todo, dame salud a raudales, para seguir acudiendo a muchas citas, cada Viernes Santo por la tarde.
D. José Carlos Mena Sánchez
Extracto del Pregón de la Semana Santa de Arahal de 2018
