PEPE CAMACHO, EL ETERNO NAZARENO DE LA ESPERANZA

22 de mayo de 2025

Recordamos en este artículo a D. José Manuel Camacho Cintado, el que fuese hermano número 3 de nuestra Hermandad, «Un hombre con las ideas claras que sintió de cerca ese Dios de los brazos abiertos, que bebió de sus fuentes y caminó por su sendero.»

José Manuel Camacho Cintado, recibiendo un recuerdo de la Hermandad por su setenta y cinco años de pertenencia a la misma, en 2020.

Parece que lo estoy viendo, con brío, con nervio, con alguna herramienta en la mano. O mejor dicho, parece que lo estoy oyendo:

  • Mena, ve a casa de Revilla y dile que te dé un duro de puntillas. Que lo apunte a la hermandad.

En la frase iban implícitos muchos mensajes, cercanos y directos. Confianza, cercanía y familias que siempre estaban ahí: los Revilla, los Camacho, los Brenes, los Aranda… grupos de personas, entregadas, luchadoras y capaces, que hacían hermandad y que su hermandad estaba por encima de todo, incluso por encima de sus bienes particulares.

Tiempos pretéritos en los que costaba un mundo poner la cofradía en la calle, sin caudales, sin recursos, sin gente, con costaleros profesionales, música espartana y flores las justas, incluso artificiales. Eso sí, los enseres limpios como un jaspe.

Con aquellos mimbres, los valientes hermanos que tuvieron que sufrir la pérdida de los titulares tras los terribles hechos de 1936, pusieron los cimientos para la hermandad de hoy, pues se debe conocer el pasado para entender el presente. Y aquellos pacientes y abnegados esperancistas, lucharon lo indecible, hicieron rifas, recaudaron lo impensable y consiguieron encargar las nuevas tallas a Pineda Calderón, imaginero alcalaíno, con el que se entabló una recia amistad y dejó una huella indeleble en Arahal.

Y allí estaba Pepe, desde pequeño, viendo luchar a su padre, sufriendo con él y viviendo aquellas experiencias intensas, raíces de nuestra hermandad más actual. Un hombre con las ideas claras que sintió de cerca ese Dios de los brazos abiertos, que bebió de sus fuentes y caminó por su sendero.

Nazareno de último tramo de palio que siempre llevó a gala ser esperancista, que siempre estuvo ahí para su hermandad, ya sea para ajustar los tornillos de los pasos, justo antes de la salida (maniguetas, candelería, candelabros y, sobre todo, los de la fijación de la cruz del Señor al cajillo), o para escribir un artículo u ordenar con mimo algunos enseres del almacén de la calle Marchena, eterno escenario del ayer. Detalles de una vida intensa y fervorosa.

Así era Pepe. Convivencia con los esperancistas en la casa hermandad del Pasaje Ramiro Lindado, la antigua “Miseria”, tertulias cofrades, buenos momentos y otros no tantos. Lucha y esfuerzo por salir adelante, por aquella hermandad de su niñez que tanto quiso y por la que luchó sin descanso.

Y en aquellos tiempos de mi infancia, siendo testigo de aquellos pasos de nuestros mayores, cada vez que veía la puerta abierta del almacén ya decía:

  • Ya están ahí “Los Camacho”.

Sin dudarlo, allí me aventuraba, con la suerte de ser de los pocos niños, junto a Manolo Catalán, que aprendimos los entresijos de la Esperanza, que anduvimos por aquellos pasillos y ayudamos en lo que se nos pedía: barriendo, llevando chismes, haciendo mandados o limpiando plata. Servíamos tanto para un roto como para un descosido.

José Manuel Camacho Cintado con sus hijos, ataviados de nazareno, una tarde de Viernes Santo

Y Pepe Camacho formaba parte de la coreografía de aquella ceremonia anual, donde su hermano Luis Fernando (hoy mi suegro) y su madre, Carmen Cintado, camarera eterna de Nuestra Virgen, ponían todo el mimo del mundo para que a los altares, a los pasos y a los titulares no les faltase de nada. Un honor que viví desde pequeño y que hoy llevo a gala.

Cesare Pavese, el famoso escritor italiano, decía: “No recordamos días, recordamos momentos” y yo recuerdo, con intensidad aquellos momentos de cuaresma donde, Pepe Camacho, José Manuel, estaba en ese almacén de puerta verde, donde Enriquillo hacía de las suyas para confeccionar las tomizas y macollas de lentisco.

No voy a escribir sobre su faceta de maestro o de escritor, de tertuliano con El Pabilo o de aventurero aviador, no voy a valorar su amor por la naturaleza o por la fotografía, únicamente me quedaré con el momento de su Esperanza, pues para mí, Pepe Camacho ha sido un esperancista con mayúscula, un legionario de ese Cristo de brazos abiertos y un ferviente nazareno de su Virgen bendita. Un hermano entregado, que siempre amó a su hermandad y que su hermandad siempre lo tendrá presente.

Dicen que nunca mueres mientras te recuerden. Pepe nunca morirá pues siempre estará durmiendo entre los brazos de su Cristo, volando alto y alumbrando por siempre a su Madre de las Angustias en ese último tramo del cielo. Que la tierra te sea leve, Pepe.