UN RETABLO EN LA RIOJA

No habrá distancia ni trecho que pueda separar la esperanza, que pueda romper los lazos con tus raíces ni volver a sentir el repeluco distante ante una figura anclada en el recuerdo. Y más allá del horizonte, más allá de los años y anhelos, un faro imperecedero, una figura yerta, dulce y de brazos abiertos, indicará el camino de regreso a tu hogar, a tu puerto.

Parece un prólogo para la añoranza, en el que se nos prepara para hablar de largos viajes y recios cimientos para la memoria. Y es ahí donde vamos. Partiendo desde nuestro kilómetro 0 particular, nos trasladaremos lejos de la campiña y nos zambulliremos, en esta ocasión, en una tierra repleta de viñedos y bodegas.

A los pies de la Sierra de la Demanda, relativamente cerca del Monasterio de Valvanera, donde reside la patrona de La Rioja, está el pueblo de Baños de Río Tobía, una localidad de la comarca de Nájera que, curiosamente, es más famosa por su industria chacinera y maderera, que por las vides. En este lugar vino a poner los tiestos nuestro protagonista.

Enrique, de la noche a la mañana, cambió su trabajo en la fábrica de “La Palmera”, donde trabajaba junto a su hermano Antonio, por una aventura, por una pasión o quizás por una corazonada. Este arahelense y esperancista consagrado, de la saga de los Camacho, buscaba labrar su propio futuro, aunque eso significase dejar atrás a su pueblo, a su familia y a su querido Cristo crucificado.

Y en La Rioja, amén de un empleo provechoso, gracias al buen manejo del arte de la venta, encontró a Milagros, el amor de su vida, ese que le daría 4 hijos y una estabilidad deseada. Allí, en un pueblecito de apenas 1700 habitantes, construyó un hogar rocoso y procuró transmitir la fe que tenía, con la claridad que le caracterizaba. Y aunque estaba lejos, jamás se desvinculó de su hermandad y eso lo llevaba a gala.

La historia, cuando es transmitida de padres a hijos, de boca en boca, se queda en palabras, en hechos curiosos que te sorprenden o llegan a pintar lágrimas de tristeza al ver los rumbos diferentes que trastocan voluntades. Cierto que nadie muere del todo cuando es recordado por las generaciones venideras, pero la historia, cuando se corrobora con imágenes y sensaciones en directo se convierte en eco del ayer, remembranza de una senda pisada, homenaje a los que nos legaron el testigo y testimonio fidedigno de un esfuerzo. Esos detalles se anclan en el corazón y nunca se olvidan.

Así, cuando visité ese verano Baños de Río Tobía, junto a mi familia, sabía de la carga sentimental que tenía este pueblo para mi suegro, Luis Fernando, quien me aleccionó sobre aquellos parajes, en los que estuvo en más de una ocasión. Sabía de la existencia de tío Enrique, del “Camacho” que lo dejó todo para irse a La Rioja y empezar de nuevo. Me llegaron los ecos del amor que sentía por su hermandad de la Esperanza y el detalle curioso de su pregón no pronunciado. Es cierto, fue designado pregonero de la semana santa de Arahal y jamás tuvo ese privilegio pues enfermó gravemente, antes del Domingo de Pasión y de hecho falleció pocos meses después, para consternación de todos sus familiares.  Fue la única vez, hasta el momento, que un pregón se quedaba sin pronunciar y espero que aquella fuese la última.

Siguiendo con el viaje puedo decir que el encuentro con las hijas de Enrique, Valle y Mila fue jovial, cargado de emoción, sentimientos y recuerdos. Visitas en el pasado a la campiña, lágrimas de añoranza, retazos de la niñez y alegría desbordada que acompañaron toda la reunión. Fue una pena no conocer a los dos hijos restantes y así cerrar el círculo de aquel viaje inesperado pero lo que vimos nos bastó para conocer un poco más de cerca a Enrique. Tras los primeros tanteos de preguntas y respuestas, la intensidad creció exponencialmente cuando fuimos invitados a ver la joya de la corona, la casa que les legó su padre y que conservan como oro en paño. Dicen a boca llena que es el tesoro más grande que pudo dejarle, pues siguen quedando todos en ella para disfrutar de la piscina en verano. A la entrada un rotulo en su puerta reza: “Villa Camacho”. Limpio en intenciones.

Al entrar en la vivienda, un pequeño chalet con piscina y jardín, quedé absorto ante el azulejo que adornaba el porche. Una imagen que se me clavó en lo más hondo, un crucificado conocido y cercano, un fanal en la noche oscura que se reveló por sorpresa en aquel pueblo de la Rioja Alta. Sí, el azulejo del Cristo de la Esperanza, del Cristo de mi hermandad y de la hermandad de Enrique, el mismo azulejo que hoy adorna nuestra Casa hermandad, presidía y bendecía aquel hogar. Sabía de la pasión de Enrique por su Cristo, pero jamás sospeché que se lo llevaría tan lejos, poniendo bajo su protección no sólo a él sino a toda su familia. Siempre Esperanza, aunque estemos lejos, aunque estemos a oscuras y caídos en el suelo, él encenderá el faro que nos guíe entre la maleza, entre la miseria y el desasosiego. Siempre esperanza. Valle y Mila me explicaron más detalles sobre su padre, sobre su amor por el pueblo, su familia arahelense y, sobre todo, por la Esperanza. Amor que supo transmitir a sus hijos pues, aunque no son hermanos, profesan una devoción sin igual al Señor pintado en ese azulejo tan cercano. Sí, en La Rioja, en un pequeño pueblo, reza mi Cristo en letanías, una oración por los peregrinos de la vida.

Pero ahondando en curiosidades, me quedé sin palabras cuando Mila me enseño las hojas manuscritas de lo que sería el pregón de su padre, aquel pregón que nunca dijo y que dejó a medio terminar por una maldita enfermedad. Una exaltación de un cofrade, de un hermano de la Esperanza, que desde la lejanía se dispuso a pregonar su Semana Santa, con el fervor en las venas. Pero el destino no quiso que lo terminase y las hojas escritas quedaron guardadas para el recuerdo.

Aquel hallazgo, el encuentro, el pregón, la historia y el momento, estrecharon aún más los lazos con el compromiso de una visita cercana, de una vuelta a las raíces, de una vuelta por la Semana Santa. Sonrisas y vaivenes, caprichos disconformes del reloj y un cariño atesorado para transmitir lo que se siente, sin tapujos.

Y en aquel jardín tranquilo, ausente de la conversación, maravillado por la historia de Enrique y fascinado por lo construido en aquel pueblo riojano, de nuevo posé mi mirada en aquel retablo de cerámica que mandara realizar para tenerlo más cerca. Luz que indica el trasiego, que bendice la armonía, que desplaza los temporales, que derrota a la muerte, que rompe la mentira, que transmite simplemente amor, dulzura, cercanía. Cristo en el azulejo, Cristo en Lontananza, lo llevó a la Rioja un hermano y es el Cristo de la Esperanza.