Primera sección. La vocación del hombre: la vida en el espíritu.
El camino de Cristo “lleva a la vida”, un camino contrario “lleva a la perdición” (Mt7,13; cf Dt 30, 15-20). La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación.
Dotada de alma espiritual, de entendimiento y de voluntad, la persona humana está desde su concepción ordenada a Dios y destinada a la bienaventuranza eterna. Camina hacia su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien. (cf GS 15, 2) y su dignidad, está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios.
Las bienaventuranzas
Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos:
<<Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.>> (Mt 5,3-12).
Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Las bienaventuranzas nos colocan ante opciones decisivas con respecto a los bienes terrenos; purifican nuestro corazón para enseñarnos a amar a Dios sobre todas las cosas.
La libertad del hombre
La libertad es el poder de obrar o de no obrar y de ejecutar así, por sí mismo, acciones deliberadas. La libertad alcanza su perfección, cuando está ordenada a Dios, el supremo Bien.
La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Hace al ser humano responsable de los actos de que es autor voluntario. Es propio del hombre actuar deliberadamente.
La moralidad de los actos humanos
La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos. El acto moralmente
bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias.
La moralidad de las pasiones
El término “pasiones” designa los afectos y los sentimientos. Por medio de sus emociones, el hombre intuye lo bueno y lo malo. Las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos por las virtudes, o pervertidos en los vicios.
La conciencia moral
La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella (GS 16).
Para el hombre que ha cometido el mal, el veredicto de su conciencia constituye una garantía de conversión y de esperanza.
La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es preciso que la asimilemos en la fe y en la oración, y la pongamos en práctica. Así se forma la conciencia moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz.
Las virtudes y dones del Espíritu Santo
La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.
Pueden agruparse en torno a cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
– La prudencia dispone la razón práctica para discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para realizarlo.
– La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.
– La fortaleza asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia en la práctica del bien.
– La templanza modera la atracción hacia los placeres sensibles y procura la moderación en el uso de los bienes creados.
Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13). Informan y vivifican todas las virtudes morales.
– Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que Él nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.
– Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.
– Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el “vínculo de la perfección” (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.
Los siete dones del Espíritu Santo concedidos a los cristianos son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
La persona y la sociedad
Todos los hombres son llamados al mismo fin: Dios.
Una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas. La sociedad debe favorecer el ejercicio de las virtudes. Debe inspirarse en una justa jerarquía de valores. La caridad representa el mayor mandamiento social.
El bien común comporta tres elementos esenciales: el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona; la prosperidad o el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la sociedad; la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros.
La dignidad de la persona humana implica la búsqueda del bien común. Cada cual debe preocuparse por suscitar y sostener instituciones que mejoren las condiciones de la vida humana.
La salvación de Dios: la ley y la gracia.
El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios.
Cristo es el fin de la ley (cf Rm 10, 4); sólo Él enseña y otorga la justicia de Dios. La gracia del Espíritu Santo nos confiere la justicia de Dios. La caridad es en nosotros la principal fuente de mérito ante Dios.
El Espíritu, uniéndonos por medio de la fe y el Bautismo a la Pasión y a la Resurrección de Cristo, nos hace participar en su vida. La gracia es el auxilio que Dios nos da para responder a nuestra vocación de llegar a ser sus hijos adoptivos.
La vida moral es un culto espiritual. El obrar cristiano se alimenta en la liturgia y la celebración de los sacramentos.
La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo.
Los mandamientos de la Iglesia
Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.
– Primer mandamiento: «oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles».
– Segundo mandamiento: «confesar los pecados al menos una vez al año».
– Tercer mandamiento: «recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua».
– Cuarto mandamiento: «abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia».
– Quinto mandamiento: «ayudar a la Iglesia en sus necesidades».
Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica

