Exaltación Navidad 2024

Exaltación Navidad 2024

«Adoración de los Reyes Magos». Iglesia de Santa María de Piasca de Cabezón de Liébana (Cantabria)

Agranda la puerta, Padre
porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños,
yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,
achícame por piedad;
vuélveme a la edad bendita
en que vivir es soñar.

Gracias Padre, que ya siento
que se va mi pubertad;
vuelvo a los días rosados
en que era hijo no más.

Sr. Párroco, Sra. Hermana mayor, Sr. Concejal de Cultura, señoras y señores:

Con este poema de Unamuno quisiera volver a lo más puro y profundo de mi corazón para hallar la voz con la que exaltar la Navidad y con la que expresar mi agradecimiento a la Hermandad de la Esperanza por haber confiado en mí para llevar a cabo esta responsabilidad en la que me hallo. Gracias, Mati y gracias también a Eugenio por el cariño e ilusión con el que me comunicó esta elección. Espero estar a la altura.

Evidentemente todo empezó en Belén. Una joven pareja buscaba refugio. Ella, tocada de gracia por el Espíritu Santo, llevaba en su vientre al hijo de Dios. Él se encontraba cansado y confundido pues intentaba comprender qué papel se le había asignado, buscaba respuestas a sus preguntas, luz para las miles de dudas que lo querían llenar de sombras; hasta que, agotados todos los recursos, en un pequeño pesebre colocó a su hijo recién nacido. La carnecita rosa palpitaba suavemente, miró a su esposa y entendió todo lo que tenía que entender: el mundo empezaba con un niño; el mundo  entero era ese niño que dormía en el pesebre ajeno a la tiranía del mundo entero.

AL NACIMIENTO DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR
Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

Cuando el silencio tenía
todas las cosas del suelo,
y coronada del hielo
reinaba la noche fría,
en medio la monarquía
de tiniebla tan crüel,
caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

De un solo clavel ceñida
la Virgen, Aurora bella,
al mundo se lo dio, y ella
quedó cual antes florida;
a la púrpura caída
solo fue el heno fïel.
Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

El heno, pues, que fue dino,
a pesar de tantas nieves,
de ver en sus brazos leves
este rosicler divino,
para su lecho fue lino,
oro para su dosel.
Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

La palabra “Navidad” tiene su origen en el término del latín “Nativitas” (nacimiento). Con ella los primitivos cristianos se referían al episodio recogido por Mateo y Lucas en los Evangelios. En él se hacía referencia al nacimiento de Jesús de Nazareth en un pesebre de Belén. No se especificaba ni el día ni el mes en concreto, pero sí que esta venida o adviento fue anunciada por un ángel. Este hecho era conmemorado por ellos, pero fue el emperador Constantino junto al pontífice Julio I quienes eligieron la fecha del veinticinco de diciembre para esta celebración. La razón correspondía a una estrategia de aceptación y difusión del cristianismo, ya que, una vez que este se había legalizado, se optó por que los paganos romanos asimilaran esta fiesta a otras celebraciones ya existentes y vinculadas al solsticio de invierno. Porque desde tiempos ancestrales en todo el hemisferio norte las distintas culturas celebraban la llegada del solsticio. Así lo hacían desde las culturas nórdicas a los mazdeístas persas pasando por los judíos. Los romanos, en concreto, celebraban dos festividades: las Saturnales y el Sol Invictus.

En las primeras se celebraban siete días de fiesta en honor a Saturno, el protector de la agricultura, en las que se visitaba a parientes y amigos para intercambiar regalos y participar de grandes banquetes. Incluso se permitía a los esclavos vestir las ropas de los señores y ser atendidos por estos.

En el Sol invictus se conmemoraba el nacimiento de Apolo, dios del Sol. 

Al asimilar la celebración de la Navidad a las celebraciones ligadas al solsticio, Constantino y Julio I pretendían facilitar las conversiones y que la aceptación del cristianismo fuera un proceso cultural más natural y socializado. Sin duda alguna lo consiguieron.

Desde entonces todos los creyentes nos hemos reunido en el hogar para celebrar juntos la Nochebuena y Navidad. Es el seno de la familia el que acoge esta  fiesta, sin olvidarnos de las correspondientes liturgias.  Desde el Adviento vamos engalanando casas y calles con adornos y luces, vamos ajustando los calendarios para compartir una cena juntos, en familia. Pero para mí el inequívoco preludio de la Navidad era una deliciosa de San Enrique que mi madre me dejaba en mi cabecera justo antes de despertarme el primer día de vacaciones.

En estos tiempos que corren y vuelan nos ha tocado vivir la Navidad con una amalgama de costumbres asimiladas. Por un lado, la corona de adviento con sus cuatro luces nos va marcando el camino. Por otro lado el árbol, que por clásico o moderno, frondoso o minimalista, siempre ilumina un rincón del hogar. En el mío, he de confesarlo, siempre van dos elementos unidos a los variados adornos: una granada y un avispero. La primera procede de un bonsái de granado que tuvo mi hermana Fátima. Cada granada, independientemente de su tamaño, consta de 613 granos, el mismo número que los mitshba o preceptos judíos, por ello esta fruta representa al judaísmo, la religión de Jesús, por eso siempre lo tengo presente en mi árbol. El otro adorno, el avispero, representa para mí ese picotazo doloroso que me supone, desde hace ya algunos años, las sucesivas ausencias que el transcurso de la vida ha ido sumando a mis Navidades. Ese aguijón que se nos clava en el recuerdo y duele en lo más profundo del alma. Esa es mi manera de representar que no me olvido de mis amigos que se fueron, de mis abuelos y abuelas, de mi madre… Pero la vida sigue y hay que ser generosos y contribuir a la felicidad de los que aún estamos. Por eso cada año compartimos lo mejor que tenemos con familiares y amigos, y nos bendecimos con buenos deseos de paz, amor y prosperidad.

¡Y por último el Belén!

La primera representación del nacimiento de Cristo es un fresco de principios del siglo II a.d.C en la Capella Greca de las catacumbas de Priscila en la Vía Salaria de Roma. El niño Jesús envuelto en pañales es estrechado por la Virgen María que lo porta en brazos ante los tres Magos de Oriente, vestidos con unas túnicas cortas, sin manto ni corona. Este sería el primitivo nacimiento, una adoración de la sagrada familia en el acto de presentación de su hijo ante tres sabios. Fue siglos después cuando el papa Sixto III decidió trasladar a Roma los fragmentos de la santa cuna, habilitando una capilla en la iglesia de Santa María ad Praesepe, hoy conocida como Santa María la Mayor de Roma. En ella se empezaron a celebrar representaciones del nacimiento de Cristo. Siglos después, en el VIII d.C estas representaciones pasaron a las plazas de los pueblos.

Pero no fue hasta 1223, cuando San Francisco de Asís llega a la población de Greccio en el Lazio, cuando se populariza definitivamente la costumbre de montar el belén. La población destacaba por su analfabetismo, lo que provocaba gran dificultad para acercar a los fieles al seno de la iglesia, por lo que decidió recrear el nacimiento de cristo en una cueva cercana a la localidad, usando un muñeco en un pesebre con paja. Fue esta también la primera vez que se introducen las figuras del buey y la mula. Estos dos animales no se citan en los evangelios, pero sí en el Antiguo Testamento en el Libro de Isaías: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo».  Desde entonces estos animales representan a judíos y cristianos reconociendo en el niño la potestad del Señor. Debemos también a otro santo, San Cayetano de Thiene, la incorporación de las figuras pintadas en 1534. Ya en el Barroco Carlos III introduce en España el gusto por los belenes napolitanos, de donde él era rey, llegando a construir en el palacio una sala para el belén del príncipe.

En cuestión de belenes los hay de todos los gustos y nacionalidades. Me van a permitir que me quede con dos. El primero se encuentra en uno de los tres capiteles de la arquería izquierda del ábside de la iglesia románica de Santa María de Piasca, en Cabezón de Liébana, en Cantabria. En él se representa a San José y Santa María que presenta al niño ante los Reyes Magos con la ciudad de Jurusalén al fondo coronada por la estrella y un ángel que presencia la escena. Tiene este capitel la singularidad de que el día de la epifanía de los reyes un rayo de sol ilumina toda la escena.

“En la guerra también hay esperanza”. Museo Internacional del Belén de Mollina (Málaga)

El otro belén al que hago mención se encuentra en el Museo del belén de Mollina, Málaga. Se titula “En la guerra también hay esperanza” y es obra de Josep Font Furnols. En él se representa un escenario de guerra. Entre las ruinas tres niños arrodillados ante una caja donde han improvisado un belén. Sencillamente sobrecogedor, sobre todo si pensamos que, en este mismo momento hay personas que están sufriendo la guerra en plena Navidad. ¡Cuánto nos queda para conseguir la paz! Navidad entre escombros de hogares que fueron, entre muertes de personas que se quisieron, de nombres que se pronunciaron, de ciudades que se habitaron… ¡Cuánto le queda al ser humano para merecer la humanidad!

Y cierran las navidades los tres reyes magos de Oriente.

EL CAMELLO COJITO
(AUTO DE LOS REYES MAGOS)
El camello se pinchó
con un cardo en el camino
y el mecánico Melchor
le dio vino.
Baltasar fue a repostar
más allá del quinto pino….
e intranquilo el gran Melchor
consultaba su «Longinos».
-¡No llegamos,
no llegamos
y el Santo Parto ha venido!
-son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido-.
El camello cojeando
más medio muerto que vivo
va espeluchando su felpa
entre los troncos de olivos.
Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
-Vaya birria de camello
que en Oriente te han vendido.
A la entrada de Belén
al camello le dio hipo.
¡Ay, qué tristeza tan grande
con su belfo y en su hipo!
Se iba cayendo la mirra
a lo largo del camino,
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.
Y a las tantas ya del alba
-ya cantaban pajarillos
los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.
-No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero, repitió el Niño.
A pie vuelven los tres reyes
cabizbajos y afligidos.
Mientras el camello echado
le hace cosquillas al Niño.

Nuestra tradición de celebrar los reyes magos se debe a una cuestión literaria: el primer texto dramático con el que se hace una representación teatral basada en un texto dialogado, se remonta al siglo XII y es el Auto de los Reyes Magos. En él se representaba la adoración de los reyes el día de la epifanía de los reyes y a veces era costumbre obsequiar a los que asistían a la liturgia con algún pequeño regalo. Desde entonces, tenemos la peculiaridad de prolongar el periodo festivo Navideño hasta la noche más mágica del año. La noche de la ilusión.

No hace mucho yo era una niña en pijama que subía una escalera camino de la azotea. Me guiaba de la mano mi hermano Antonio. Nos había despertado la ilusión de conocer cuáles serían nuestros juguetes y unos extraños ruidos en la azotea. Mi hermana Olga aún dormía. Subimos sin notar el frío del suelo, convencidos de que en la temprana alborada íbamos a ver a los Reyes Magos, y al abrir la puerta de la azotea nos encontramos a mi madre y a mi abuela Paula montando un columpio. Aquello no tenía explicación y para colmo la cara de espanto de mi madre al verse sorprendida generó un silencio lleno de interrogantes. Afortunadamente, mi abuela Paula reaccionó al quite y, con una naturalidad digna de un Óscar, nos dijo:

– Los reyes os han dejado un columpio y os lo estamos montando.

El suspiro de alivio de mi madre aún sigue flotando en el aire.

Para mí eran sin duda las fechas más deseadas. Desde la cabalgata al momento de abrir los regalos, que no eran tantos como ahora, todo era una fiesta. Todavía tengo el recuerdo de la ilusión con que mi tío Eduardo nos traía los caramelos que había cogido en la cabalgata. Después nos contaba, para asombro nuestro, los pocos caramelos que su niñez había degustado. Y luego siempre añadía que su chupa fue un “miajón” envuelto en un trapito. Todavía me tengo que reír al recordarlo.

Por cierto, le elección del poema “El camello cojito” de Gloria Fuertes está muy relacionada con mi vivencia de los reyes, ya que uno de los regalos que yo me pedía eran libros de poesía de mi adorada Gloria Fuertes.

En fin, y para ir terminando, quiero dar las gracias a mis reyes magos (permítanme no decir los nombres, que hay niños en la sala): a ese rey mago que ha pasado la vida en la carretera para que no nos faltara de nada, aunque el mayor tesoro que nos ha dado ha sido la educación que tenemos y su ejemplo; a mi reina maga que ella sabrá de cuántas cosas se privó para darnos un regalo y cuyo amor eterno aún habita nuestros corazones; a mis dos reinas magas mayores y a mis tres reyes magos mayores, que tanto nos cuidaron: gracias por haber sembrado en mí esta ilusión que prometo prolongar en mis hijos.

Navidad y familia, en paz y en armonía. Junto a la persona que me quiere y me sostiene cuando las fuerzas me faltan. La Navidad que todo ser humano debería tener desde Arahal al más remoto rincón de la tierra. La Navidad que todo el mundo merece, la feliz Navidad que os deseo en compañía de vuestros seres queridos. Feliz Navidad a todos.