Exaltación Navidad 2017
Eran momentos de otra época, instantes de un pasado en el que el tiempo no contaba, apenas corría el minutero, y todo se medía por las emociones vividas, por los guiños a la vida y las heridas curadas, con el bálsamo milagroso de la saliva de nuestra madres.
El progreso llegaba a cuentagotas y el bullicio era desconocido en aquella tranquila austeridad, de calles sin coches y sin estridencias. La autovía era una quimera y la nacional atravesaba el corazón de nuestro pueblo, haciendo de los gatos una concurrida parada de café, charla y cigarro. Los supermercados aún no había aparecido y las tiendas de barrio, familiares y surtidas de encanto, a cambio de unas pocas pesetas abastecían a las familias y fiaban al que no podía pagar.
No, la tecnología todavía no había ocupado los hogares y los únicos juegos salían de nuestra imaginación, repleta de inquietudes y travesuras. No había móviles ni consolas y la confianza en el amigo era sagrada. Bicicletas, balones, canicas y cromos eran nuestras bazas más preciadas.
Todo se cocía a fuego lento, sin prisas, con la pausa justa del que vive el presente con el tacto del artesano minucioso, sin inmutarse, saboreando cada segundo, cada estación, cada sol en primavera y cada gota de lluvia. La calle era una prolongación de nuestra casa y el pan con aceite y azúcar era un manjar digno de reyes.
Todo se vivía de manera diferente, todo se guardaba en el baúl de la añoranza, todo se construía en el instante pues no había futuro lejano, sólo presente y un mañana incierto en el que lo más importante era ganar al rescate. Todo era relativo y todo tenía su justa importancia.
También las fiestas se vivían con la emoción primeriza, con el corazón en un puño y una mirada capaz de recordar cada detalle, por muy pequeño que fuese. Construyendo lazos inquebrantables y poniendo los cimientos de unos recuerdos indelebles, íbamos dando pasos hacia el repeluco y hacia la memoria infinita repleta de estampas.
Y aunque disfrutábamos de todas y cada una de ellas, henchidos de ansia infantil, nada era igual cuando se aproximaba diciembre. Sin darnos cuenta, sin quererlo, como el que no quiere la cosa, cada año, la navidad llamaba a nuestra puerta con un reguero de inquietudes y entusiasmo. Y emulando a los Reyes Magos, perseguíamos aquella estrella por los recodos del camino, sintiendo mariposas en el estómago y atesorando, en nuestras almas, aquella luz del Mesías Divino.
Se notaba a leguas, en nuestros rostros inocentes, que la mágica navidad se aproximaba. Era una fecha en la que todos colaborábamos, compartíamos y ayudábamos, siempre guardando secretos, deseos y collejas de mazapán. Vísperas intensas y nervios por aplacar.
Pero en mi casa, además de todos los preparativos lógicos en aquellas fechas, se producía un hecho muy significativo, la apertura de una puerta que daba paso a la emociones más intensas.
Resulta que mi abuelo, emprendedor incansable, abría cada año una sucursal de Estepa en Arahal, acercando los mantecados a muchos de nuestros hogares. Tanto su casa como la barbería que regentaba se llenaban de cajas de cartón repletas de deliciosas, artesanos y otras exquisiteces. Y mi padre, porteador y colaborador necesario, ponía a su disposición el Seat 124 que tenía para dar varios viajes y venir cargado hasta los topes.
Aún recuerdo aquellos viajes, cuando se tardaba más de la cuenta en llegar, cuando venía montado encima de las cajas sin cinturón de seguridad, cuando el coche olía de maravilla y cuando disfrutaba enormemente con la visión de aquella fábrica de mantecados.
Y cuando llegaba el ansiado momento, cuando se abría aquella caja esperada, la ilusión saltaba del pecho, los olores invadían el alma, los aromas lo envolvían todo y los sentidos perdían la calma. Todo se desbarataba, todo se guardaba en aquella hermosa caja, de colores llamativos, de esperanzas renovadas, de mantecados de gloria y de navidad adelantada.
Sí, allí empezaba mi navidad, en aquella caja de mantecados, surtida de emociones, de sabores y caricias hechas a mano. Allí empezaba la explosión de mis sentimientos, los pasos en el sendero y el intenso sabor de lo nuestro. Allí empezaba todo y aún hoy lo recuerdo.
¿A qué sabe tu navidad? ¿A qué huele? ¿Qué sentías entonces? ¿Recuerdas aquellos impulsos? ¿Y la música? ¿Recuerdas aquellos lazos eternos? ¿Recuerdas el tacto irrepetible y los abrazos sinceros?
Mi navidad huele a canela y terciopelo, al jazmín que tenía mi abuela, a hinojo y a romero. Mi navidad huele a pestiños, a empanadillas y a caramelo. Mi navidad huele a familia, a cisco recién encendido, a castañas y a puchero. Mi navidad huele a lentisco, al serrín del carpintero, al aroma en calle cervantes, a la Fama y sus misterios. Huele a anís y a taberna, a café recién molido, a pan tostado y a la colonia de mi barbero. Huele a mantecados y almendra, a chocolate, a los roscos de la Pepa y a musgo recién cogido, para el belén que había bajo la escalera.
Mi navidad es recuerdo y sensación, cuentos escogidos y una dulce impresión de aquellos pasos vividos, con pura magia en los bolsillos, con inocencia e imaginación. Y de la mano de mi madre, con la luz en nuestros ojos, adquirimos aquel primer nacimiento para dar cabida a la grandeza, dentro de nuestra hogar. Jesús recién nacido, instantes previos a la noche más sagrada, espíritu comprometido, con la familia entrelazada y unos sueños protegidos por su divina palabras.
Mi navidad suena a zambomba, a campanilleros, a villancicos de alabanza y al toque de los panderos. Almirez y aguardiente, cobijo de noche eterna, regalo de paz en el ambiente, hermandad dichosa y sincera que hilvanaba, en Nochebuena, la sonrisa de mi gente.
Mi navidad tiene también otro color, otros invitados y otro ingenio. Otras risas, otros corazones, otro sabor, otro lindero y la ilusión por entero del barrio más entregado. Pues allí nacía, cada año, entre arrugas y soledades, aquel bendito niño, que todos adorábamos.
El antiguo y familiar asilo de ancianos, vecino de siempre y auspiciado por las monjas del rebaño de María, daba su particular toque mágico a la calle, en los preparativos de la Nochebuena. Villancicos entrañables, un marco inigualable y una infancia preñada de sabores añejos. Los abuelos daban lecciones de vida al instante y la sonrisa aparecía en el cielo, cuajada de invitaciones al aplauso, al asombro y la congoja. No había mejor función, no había mejor estrofa ni canción para transmitir el mensaje de aquella fecha tan íntima y apreciada.
La Lupe, Pedro, Benito y tantos otros. Todos, con bastón o en silla de ruedas, callados o haciendo palmas, celebrando sin dilación, la fiesta por excelencia, la venida a este mundo de nuestro Salvador. ¡Qué fiesta la de aquellos años!. Y el reloj se detenía, sin miramientos, para alargar la tarde, para alegrar los corazones y saborear la alegría.
Pues mi navidad me sabe a eso, a intensidad, a convivencia, a familia y hermandad. A abrazos sinceros, a guiños del trayecto y a amistad. Me sabe a cielo, al cariño de mis abuelos, a los adornos, a los anhelos, a los vecinos de antaño, a compartir entre todos y a brindar por los que se fueron.
Navidad de ayer, navidad de siempre, de cimientos sembrados, de sueños jamás olvidados, de deseos cumplidos y sentidos extasiados. Navidad que viví de niño, aquella que jamás se olvida, la que procuro transmitir a mis hijos, la que siempre recuerdo en estos días; navidad de mis ancestros, la sencillez en compañía, la de una caja de mantecados, de colores vivos y papeles de seda, con sabores intensos, a limón y hierbabuena. Navidad para rememorar, navidad para sentir, navidad para dar, navidad para vivir.
Todos tenemos una navidad que recordar, que sentir, que ofrecer, que disfrutar. Todos tiramos de recuerdo para agarrar esa navidad anclada en lo más hondo del pensamiento. Y rememoramos aromas, sabores genuinos, brillos especiales, sonidos de pandereta y placeres que tocamos con los dedos.
Navidad que anhelamos, que nos eriza la piel y que procuramos contagiar a nuestros seres queridos, para que perdure la esencia y jamás caiga en el olvido. Navidad como espíritu de concordia, de comienzo, de fe y esperanza. Navidad, siempre navidad.

