
Encontrar un tronco desnudo en medio del océano, en medio de la tormenta, y agarrarse a él con la fuerza de la desesperación, asumiendo que el último hilo de vida, la última salvaguarda y el postrero timón que guía tus pasos. Un suspiro de alivio, un grito aterrador al cielo amenazante y un pesar profundo en el alma.
Las olas golpean con fuerza las razones, los giros del destino son taimados y la bruma no te deja ver el horizonte. La galerna se aferra a tus sienes y arrecia impunemente para romper lazos de supervivencia. Pero aún estás asido al madero, arañando segundos y remando contra la impotencia. Tienes que seguir luchando.
Y de pronto se abre el cielo en borbotones, con las nubes en tropel que despliegan la luz. Allí vislumbras el mañana, el faro de tus emociones, el alba anhelado y la espera cierta que viene a confortarte. De pronto, resurge la Esperanza, ese destello único que se yergue majestuoso cuando apenas queda nada, cuando todo parece perdido, cuando la derrota te obstruye el alma y la amargura embadurna tu piel. Esperanza que jamás se rinde, esperanza que jamás se da por vencida y hace que nos agarremos a ese tronco desnudo en medio de la nada. Fuerza sobrehumana que desata las pasiones y nos insufla ese hálito imperecedero y profundo contra el desaliento.
Y así, con esa voluntad latente y ese espíritu indomable, me siento ante su imagen exánime y dulce, dispuesto a buscar último socorro, dispuesto a dar mi última brazada, entregado al mar de los lamentos y preparado para agarrarme a cualquier rama.
Pues, cuando parece que no hay señales vitales, cuando el temporal parece que devora voluntades, cuando las agujas del miedo acechan las ilusiones, cuando el dolor quema en la garganta y la voz se queda en el olvido, cuando las piedras laceran tus pies y el sentido se ha perdido en el abismo, cuando los ojos te traicionan y la parca se asoma por las esquinas… cuando apenas queda un sorbo de existencia, de razón, de elixir, de vida… solo nos queda la Esperanza.
Faro eterno de mi desvarío que guía mi rumbo, que ilumina la noche oscura, que desentraña mapas, que traza planos y escribe cuadernos de bitácoras. Luz perpetua que brilla en el candil de las estrellas para dar sentido a la vida, para invitarnos a seguir luchando por nuestros sueños, por nuestras ilusiones y sonrisas.
Y así nos debemos encomendar siempre a la Esperanza, representada perfectamente en la imagen del Santísimo Cristo de la Esperanza, asida al madero de la salvación, agarrado a la cruz de la resurrección; inerte pero vivo, callado pero hablando a gritos, dulcísimo redentor pero con el brío de la vida eterna, cuerpo frío y expirado pero expectante de la palabra, abatido pero victorioso, inmolado pero repleto de misericordia, muerto pero triunfante… Cristo de pasos sinceros, de sienes desnudas y brazos abiertos. Cristo de mis andares, de mi niñez, de mi cordura, de mis sueños y de mis locuras. Cristo de mis pesares, de mis ruegos y de mis preguntas. Cristo en mi almohada, de mis logros y mis venturas.
Y siempre Esperanza como ese soplo de aire fresco que te lleva en volandas hacia buen puerto. Pues, como dice el refrán, la Esperanza es lo último que se pierde. Y cuando veo a mi Cristo clavado en la cruz, cuando veo que todo se consumó y dio su vida por nosotros, comprendo que es así, que la Esperanza siempre está, que siempre estará ahí, confortando a los peregrinos. Que Él siempre será el tronco desnudo al que nos agarremos cuando todo se hunde a nuestro alrededor. Pues Él siempre resurgirá; Él siempre brillará en medio de la noche; Él será la luz imperecedera que siempre nos guiará en el sendero oscuro; Él nunca nos falla porque Él es la Esperanza.
LA ESPERANZA
Esperé bajo tu sombra,
a que el sol inundara tus ramas,
acallando el susurro del viento,
el crepitar de unas llamas.
Y esperé en tu regazo, dormido,
tu tronco de almohada,
tus hojas, de abrigo,
y tu grandeza, de calma.
Y esperando esperé tranquilo,
sosegando el tiempo y mi alma,
con la paz en mi interior,
y el descanso en mi espalda.
La luz entre las montañas,
la vida color de trigo,
y la errante fuerza que abraza,
a este ser desprotegido.
Y me subo en ti, amigo mío,
para recibir en mi cara
los rayos de mi destino,
la luz de mi esperanza.

