Un mes después, sigo alzando la mirada
Varios miembros de nuestro Grupo Joven regresan con el corazón desbordante de fe tras convivir con miles de jóvenes y recibir las inspiradoras palabras del Santo Padre en Madrid. Una inolvidable experiencia de fraternidad y oración que guiará el caminar diario de nuestra juventud cofrade.

Madrid, mi ciudad natal, tuvo el honor de recibir la visita del Papa León XIV. Para mí y para mi familia, su presencia ha sido un auténtico regalo del cielo en uno de nuestros momentos más difíciles. Ha merecido la pena cada segundo; regresamos con el corazón desbordante de paz y de amor.
Este viaje no habría sido posible sin el incansable apoyo de nuestro párroco, Don Alejandro, quien nos acompañó junto a mis compañeros de la Pastoral Juvenil y un grupo de 55 jóvenes, entre los que se encontraban varios miembros del Grupo Joven de nuestra Hermandad. Juntos hemos compartido risas, bailes, emociones y, sobre todo, palabras inspiradoras que deben guiar nuestro caminar en la fe, empezando por lo más cotidiano.
Para la gran mayoría de los jóvenes, esta ha sido su primera experiencia de este tipo. Ojalá no sea la última. Espero de corazón que el amor de Dios haya calado profundamente en cada uno de ellos. El Santo Padre nos ha hecho una petición clara: que seamos humanos, que ayudemos al prójimo y que vivamos nuestra fe sin el miedo al «qué dirán». Nos recordó que la juventud tiene en sus manos el poder de cambiar la historia.
A nivel personal, ha sido una experiencia inolvidable e irrepetible. En estos días he reafirmado cuál es mi lugar y cuál es mi verdadera misión: seguir acompañando, de una manera u otra, a los jóvenes en su vida y en su camino de fe.




He disfrutado enormemente viendo a todos tan felices, conviviendo y relacionándose con personas de otros lugares; al fin y al cabo, a todos nos unía el mismo latido. La expresión de sus rostros cuando el Papa pasó a nuestro lado, y el vernos a todos llorando de la emoción, es algo indescriptible. Todavía se me eriza la piel al recordarlo. Ver cómo miles de jóvenes se arrodillaban en absoluto silencio ante el Santísimo fue un instante sagrado que jamás olvidaré. Quedan en el recuerdo innumerables anécdotas que habrían sido aún más si las circunstancias me hubieran permitido pernoctar con ellos.
Tras el regreso, muchos me decían con nostalgia: «Tenía que haber ido…», y yo solo podía responderles que sí. Estas son experiencias que se viven muy pocas veces en la vida. Me alegro infinitamente por los jóvenes que la han aprovechado; es un recuerdo que quedará grabado en sus almas para siempre. Y en la mía, también.

