Dos historias, una misma lección: dar vida

30 de junio de 2026

Compartimos el conmovedor testimonio de una madre sobre la grandeza de la donación de órganos, entrelazando la lucha de Clara por un nuevo riñón con el doloroso pero generoso recuerdo de su hijo Abel. Una profunda lección de compasión y amor fraternal que nos invita a sensibilizarnos para seguir dando vida.

Hablar de donar es hablar del mayor acto de bondad y generosidad entre seres humanos. No hay regalo más hermoso que dar vida. Es llegar a la cima de la compasión: aprender a entender el sufrimiento del otro, vivirlo y aliviarlo en la medida de lo posible.

Cuando paseas por la vida con sensibilidad, encuentras personas maravillosas. Todas aportan algo especial a tu camino y de todas aprendes.

Por mi trabajo, he conocido a muchas personas que sufren. Conocer el dolor del otro hace que los sentidos se abran para acompañarlo en su padecimiento y poder ayudarlo, porque el dolor necesita que lo acunen para poder tranquilizarse. Sentirse bien acompañado en el camino es un motivo de gratitud.

Os voy a contar dos historias muy cercanas para mí.

La primera es la de una niña llamada Clara. Todo comenzó con una enfermedad que hizo que sus riñones dejaran de funcionar.

Su día a día era muy duro y complicado: largas estancias en el hospital, dietas muy severas y estrictas, diálisis varios días a la semana… Había pocos paseos al parque, pocos columpios y pocos juegos. ¡Una infancia difícil!

Hace quince años, su madre donó uno de sus riñones a Clara. ¡Su vida cambió por completo! Evidentemente, continuó con sus controles médicos y su medicación, pero Clara irradiaba luz y vitalidad. Aprendí de ella ese agradecimiento sincero a la vida y la humildad de quienes valoran las pequeñas cosas porque han conocido el dolor muy de cerca.

Hoy, Clara es enfermera, como su madre. Es una gran profesional, muy sensible al dolor ajeno. Actualmente está pendiente de recibir otro riñón; espera una nueva donación para poder seguir sana, continuar con su proyecto de vida y, en definitiva, seguir viviendo. ¡Ojalá llegue pronto!

Su familia ha acompañado cada uno de sus pasos. Doy gracias por haberlos conocido y por todo lo que he aprendido de ellos.

La segunda historia es la de un joven de 26 años llamado Abel, que sufrió un accidente y murió. Mi hijo.

Cuando me dieron la noticia de su muerte y, en medio del dolor más atroz que una madre puede experimentar, mi primera pregunta al equipo médico fue:

—¿Puede donar sus órganos?

No pudo ser, pero para mí pensar que mi hijo pudiera dar vida a otras personas mediante la donación calmaba, en parte, mi corazón roto. Morir dando vida. Morir para, de alguna forma, seguir viviendo.

Son dos historias diferentes y, al mismo tiempo, muy parecidas. En ambas hay dolor, pero fijaos qué maravilloso es cuando las historias se unen creando vida. Es difícil comprender el dolor ajeno cuando no se han vivido situaciones semejantes, pero es importante sensibilizarse con este tema, sentir compasión y aliviar, en la medida de lo posible, el sufrimiento de quien lo padece.

Creo que a todos nos gustaría poder ayudar a Clara y a todas las personas que, como ella, viven un día a día difícil mientras esperan el órgano que les permita seguir viviendo, porque no hay regalo más hermoso que DAR VIDA.

SI DONAMOS, PODEMOS HACERLO.

Gracias.

Rosario Jiménez Cabrera