A MI HERMANO JUANMA…
Llegaste una primavera como tantos y tantos chavales que se acercaban por calle Marchena al “cuarto de los pasos”, atraídos por la actividad, cada vez más acelerada, que en la hermandad provocaba el inexorable pasar de los días de Cuaresma. Arribaste siendo casi un crío, jovenzuelo con aspecto desenfadado, incluso para tu edad, yo diría que, como se dice hoy en día, con un “look” verdaderamente atrevido: o bien camisetas deportivas anchas (con referencia, generalmente, a algún equipo de basket de la NBA) o ya fuesen casacas relacionadas con tu equipo sevillista del alma. Sin embargo, lo que más llamaba la atención de ti era aquella melena larga morena y algo rizada que te distinguía por encima de la gente de tu edad.

Pero, no fue tu semblante el que provocó que destacaras entre quienes solían acudir diariamente a ayudar a las tareas de priostía junto a los mayores que se convirtieron por entonces en nuestros referentes: Chanelo, Eduardo, Durán, Chozas, García, Cabrera… A pesar de que eras el joven “hippie”, Gago (por tu segundo apellido, mítico en la Esperanza, todos empezaron a identificarte) demostró que, fiel a su estirpe, era un personaje cabal, maduro y con una mente, tal cual solemos decir, bastante bien amueblada. Porque jamás dejabas de argumentar tus opiniones y nunca decías las cosas por decir.
Así pasaron los primeros años: entre limpieza de plata, acarreando enseres del almacén a la Parroquia y vuelta a empezar. Y siempre coincidíamos, de rato en rato, tú, Barrera, Javi Balbuena (“Taco”) y yo, a los pies del palio de la Virgen que se convirtió para siempre en nuestro lazo perdurable e irreductible. Mirábamos los detalles de los respiraderos (aún con su aspecto original de los años 50 tal cual vinieron de la Hermandad sevillana del Buen Fin), el grosor tan significativo de esos varales recios de Villarreal o las bambalinas de tisú de oro que confeccionaran las Hermanas Carmelitas Calzadas de Utrera en último tercio del siglo XX.
El que ahora escribe comienza su periplo en juntas de gobierno esperancistas allá por el año 1996 cuando el añorado Juan Caballero Vera (Q.E.P.D.) es elegido como Hermano Mayor. Fue él quien, de manera valiente, abrió las puertas de la Hermandad a varios veinteañeros cuya percepción de las cosas de la Semana Santa dio pie a que nuestras opiniones fueran tenidas en cuenta a la hora de tomar decisiones de calado o importancia. Y así llegó el año 2000. Rafael Morillas Caro, como cabeza visible, sigue confiando en mí para el cargo de Secretario Primero y tú viniste de Segundo, hecho que nos permitió trabajar codo con codo durante las siguientes cuatro anualidades. A aquel equipo de gestión acceden cantidad de jóvenes de nuestra generación: Manuel Barrera, José Antonio Humánez, Francisco Suárez, Francisco Caballero (“Marquitos”), Germán García, Javi Balbuena…
Todo era la Esperanza. Todo giraba en torno a nuestra Esperanza. Todo lo motivaba la Esperanza. Todo se hacía por nuestra Esperanza. ¡Todo! Así hasta que nuestro Dios Crucificado ha querido llevarte ante sus plantas. Hasta tal punto que conformamos durante décadas un grupo de verdaderos hermanos, a los que nos faltaban horas en las que convivir como amigos, e incluso, como una auténtica familia. Tanto que, lo que a cualquiera de nosotros nos ocurriese, era inexcusablemente asumido por los demás como verdaderamente nuestro, en lo bueno y en lo malo. Así se ha demostrado en los últimos y fatídicos días en los que el devenir nos ha obligado a vivir asumiendo irremediablemente tu ausencia.
Como comentara nuestro Francisco Jiménez (“Moro”) recientemente: “¡La que has liado, Juanma!”. Y cómo se ha venido a demostrar lo mucho que repercutías en los que tuvimos el honor de convivir constantemente contigo: en las incontables ocasiones que nos reunimos en tu casa de la calle Iglesias en torno a la figura de tu abuelo “Manzano” para escucharle hablar de historias pretéritas del verde de raso y blanco de túnica y capa; en las quedadas para ver partidos de fútbol que siempre olían al viejo Nervión; en los visionados de interminables e interminables videos de procesiones; en las innumerables charlas y más charlas con tu memorable estanco como sede; en las idas y venidas a Sevilla en noches frías de Febrero y Marzo para presenciar in situ ensayos de las cuadrillas de los Villanueva, los Gallego y Antonio Santiago; en las tradicionales cervezas en el bar de Julio que llevaba el nombre de la Tertulia Cofrade que nos hizo hombres en esto de hablar de cofradías; en el organizar el Pregón Juvenil cada Sábado de Pasión que nos llevaba, casi sin tiempo al descanso, a patearnos la capital un Domingo de Ramos sí y otro también porque así estaba señalado con tinta distinta en el calendario de nuestros corazones; en el frecuentar la desaparecida imprenta Carmograf de la calle Siete Revueltas de Carmona una vez la revista de La Mudá y el Boletín de la Hermandad estaban siendo impresos (obvia el decir que en cada desplazamiento cabía la parada de rigor para algún que otro “flagelo” en la barra de cualquier tasquilla); en el recoger la Parroquia cada mañana de Sábado Santo tras vivir otra jornada de Viernes inolvidable; en las reflexiones que el admirado Pepe Quirós, párroco de los de verdad, nos hacía a los pies del altar de la Virgen entre el silencio reverberante de las naves parroquiales; en el buscar a mi tío Manolo Ruiz en el Bar Stop o en la esquina de la Barbiana e impregnarnos, hablando y hablando, de lo que tanto significa el “magdalenismo” que marcó para la eternidad de forma rotunda la historia de la música procesional a través de notas y partituras gestadas en una pequeña habitación, bendito lugar, de la calle Toledo; en el montar altares de Corpus durante madrugadas sin fin a las puertas de tu cochera sin que faltaran jamás el preceptivo anís o algún que otro dulce; en las previas del día de la verdad poniendo flores en el friso de nuestro paso de palio llevándonos la riña de costumbre por parte de Trompi o Pandereta; en los tiempos cruciales e imborrables de nuestras vidas (casamientos, el nacimiento de nuestros hijos, también, como no podía ser de otra manera, los trances más tristes y apurados).
Te esperé cada Miércoles Santo en calle Cuna porque sabía que aparecerías junto a nuestro Javi para andar los tres un ratito tras el inconmensurable barco en el que Longinos ajusticia, -cruel lanzada-, al Señor prendido en una cruz cuando ya va de vuelta a San Martín. No sé qué haré este próximo Miércoles Santo sabiendo de antemano que por ese enclave no aparecerás.
Te he escuchado perennemente con atención, aunque jamás me atreviera a confesártelo, porque tus palabras fueron sin lugar a duda para mí impagable consejo y necesario consuelo durante los doce años en que tuve el inmenso honor de ser Hermano Mayor de nuestra Esperanza. Me fajé por poder estar a tu altura, porque tu honestidad en el trabajo y tu entrega eran difícilmente alcanzables, cada vez que, tú costero y yo contigo fijador, cargamos con el bendito peso que enorgullece a todo el que gozó el privilegio de pasear a Nuestra Virgen Niña Angustias por las calles de Arahal esa tarde-noche del año en que el esperancismo toca con las yemas de sus dedos la Gloria.
Y al final, el destino te convirtió en capataz con todas las de la ley. Porque no es capataz el que dirige única y exclusivamente un paso. Capataz es aquel que quiere a su gente de abajo y lo demuestra con hechos. Capataz es aquel que se interesa por mejorar día a día asumiendo los errores y haciendo, a la vez, propósito de enmienda. Capataz es el que mira al costalero a los ojos y lo escucha sabiendo lo que este último siente y padece bajo el duro rasgar de una trabajadera. Capataz es… Capataz, sí, capataz has sido, eres y lo serás tú, querido Juanma. Has dejado esa huella indeleble en tu cuadrilla y te lo vamos a demostrar en el hacer, por muy duro que nos sea la faena cuando volvamos a reunirnos el próximo Febrero y tenganos que asumir que ya no estés. Pienso ahora mismo en Carlos Pelu, en Chichi, en Felipe, en Antonio, en Sergio, en Lobato, en Pichón, en Migue y Fran López, en Juanma Chato… en tus más de sesenta valientes.
Te has ido, sí, pero te vas para nunca acabarte de ir. Porque quedarás en nuestros momentos, en nuestros recuerdos y en nuestros pensamientos. Ya lo afirmé recientemente al conocer tu incomprensible muerte: estarás cada instante entre nosotros cuando al menos dos de los tuyos coincidan al encontrarse. Barrera, Brenes, Javi, David, Moro, Rogelio, tu hermano Miguel, yo mismo…
Gracias por enseñarnos aquello que acuñaste tantas y tantas veces, porque tu filosofía se convirtió en nuestra filosofía, y ahora más aún como fiel homenaje a tu ausencia. Nos has enseñado al morir, y por enésima ocasión, que HOY ES MAÑANA.
Llevaré a gala el haber sido uno de entre los de tu propia gente, porque fuiste de los pocos que me llamaste “Javi Curri” hasta el final. Y la trascendencia de ese sobrenombre sólo lo conocen, como tú bien sabes, quienes verdaderamente me importan.
Nos volveremos a ver, hermano Juanma, mi hermano Gago, mi hermano Manzano. Se te quiere y se te echará muchísimo de menos. Pide al Dios de la Esperanza y a Nuestra Madre Bendita de las Angustias por todos nosotros, que falta nos hace y tanta falta nos hará sin ti. Te quiero…
(A LA MEMORIA DE JUAN MANUEL BRENES GAGO, UN VERDADERO ESPERANCISTA).

