LAS CUADRILLAS DE HERMANOS COSTALEROS

Es cierto, que por las décadas de los años cuarenta o cincuenta, llegó a Sevilla un sacerdote jesuita, para abrirle los ojos a los sevillanos y así se asomaran a un mundo de clausura, que entre rejillas de telas metálicas y gruesos faldones de pana forrada se paseaba todas las primaveras por sus mismas calles. Aquel turista de ocasión participó, de la mano de destacados cofrades sevillanos, de nuestra Semana Santa y le dio pie a escribir un libro, en el que dedicó unas páginas a los costaleros sevillanos, elementos casi ignorados de aquélla época.

Por aquel entonces, nadie hablaba de estilos, ni de escuelas, nadie andaba de espaldas delante de un palio, nadie sabía los costaleros que calzaba un paso, ni mucho menos, nadie pegaba la nariz a un respiradero, para catar los aromas de la gente de abajo. Eran tiempos indiferentes con la trabajadera, y su descubrimiento, aderezado con cierto melodramatismo, propició que en los años siguientes de gloria, se dibujara la imagen del costalero, como pieza fundamental e insustituible de esta celebración.

Así, alcanzamos la primera época dorada de la Semana Santa de posguerra. Nacen nuevas hermandades y otras se reorganizan después de un largo periodo de aletargamiento. Se restauran bordados y canastillas antiguas, se revitaliza la adormecida orfebrería hasta cotas insospechadas y los salones del Ayuntamiento de Sevilla se ven abarrotados todas las primaveras con aquellos tan elogiados «Estrenos de Hermandades», una buena muestra de la estimulante competencia desatada entre ellas, que dio muchos y buenos jornales a la artesanía sevillana.

Capataces y cuadrillas de costaleros se benefician también de este fenómeno, definiéndose en su trabajo y estilo, para así atender a una nómina de cofradías que a partir del Domingo de Ramos, requerirán durante la siguiente semana sus servicios. Servicios que prestarán, en muchos casos, con cierta exclusividad, a determinadas hermandades, y otras veces, según vayan cayendo los contratos.

Mas después, con el devenir de los años, en los principios de la septuagésima década, empiezan a soplar aires de huelga en las trabajaderas, hablándose a la vez de salarios elevadísimos que las hermandades tendrían que pagar si quieren sacar sus pasos a la calle. Son tiempos revueltos en el mundillo del costal y la crisis desatada se le achaca a muchas cosas, como a la falta de profesionalidad, al poco reconocimiento de este trabajo, o al descenso alarmante de peonadas en el muelle, provocado por la moderna maquinaria; aunque lo más directo era pensar, que a nadie le interesaba meterse debajo de un paso para llevarse un sobresueldo a su casa. Sin embargo, habrá, como siempre, los que marquen la excepción a la regla y su profesionalidad quede por encima de todas estas circunstancias; desde luego, estos, no eran tiempos de penuria económica y por ello, la soflama del costalero profesional de décadas anteriores se colaba irremisiblemente por las puertas de la Historia.

Con la crisis profesional de costaleros que he apuntado antes, llegamos a la primavera de 1.973, cuando un Martes Santo, se echa a las calles de Sevilla el primer paso de nuestra Semana Santa, portado por costaleros que no cobran. Son los «Hermanos Costaleros», solución concebida por la Hermandad de los Estudiantes, que ha organizado una cuadrilla de costaleros, compuesta por jóvenes hermanos, comprometidos a llevar a su crucificado de la Buena Muerte. Los manda, precisamente, un capataz de profesionales con cierto carisma, don Salvador Dorado Vázquez, «El Penitente», (q.e.p.d.), aleccionándolos anteriormente en los secretos del costal y la trabajadera. Este hecho tuvo una gran resonancia en los ambientes cofradieros, y a pesar de los malos augurios con que fueron recibidos «Los niños», la mayor parte de las hermandades siguieron a estos, provocándose un punto de inflexión en la relación temporal hermandad-costalero. Muy pocas fueron las hermandades que siguieron con los costaleros profesionales a jornal, remitiéndome, en este caso, a la Semana Santa de 1.994, en que sólo dos pasos procesionaron con cuadrillas auténticamente profesionales, a saber: el Traslado de Santa Marta y la Coronación del Valle.

Pero en lo esencial el costalero sigue siendo el mismo, lo que ha servido para mantener viva la llama de la tradición de un viejo trabajo, que convivió paralelamente muchos años con el trabajo de las antiguas collas del puerto, cantera principal en donde se reclutaron cuadrillas valientes, que capataces de renombre mandaron en una liturgia única dentro de la celebración de más arraigo de nuestra tierra.

Esta es la corta crónica, que relata como en la Semana Santa de Sevilla se llega a las cuadrillas de los «Hermanos Costaleros», acontecimiento con tal fuerza influsiva, que hace que muchas hermandades del entorno sigan su ejemplo, principalmente con el objeto de buscar en principio un beneficio económico, además de tranquilidad e independencia de la cofradía, amén de otros aspectos, que intrínsecamente van unido a la propia idiosincrasia de la hermandad, con los que el profesional difícilmente se podía identificar.

La Primera Cuadrilla de Hermanos Costaleros

primera_cuadrillaEntre el invierno de 1974 y la primavera de 1977, fueron varios los intentos que realizamos para formar una cuadrilla de hermanos costaleros en nuestra Hermandad, estando muy cerca de conseguirlo a finales del año 1977, en que una noche se llegó hasta abrir el almacén de los pasos y retirar las mantas que cubrían las parihuelas del paso de palio.

En una Junta de Gobierno del año 1978, los hermanos, don Antonio Brenes Domínguez, don José Antonio Revilla Torres y don José Manuel Camacho Cintado proponen organizar una cuadrilla de hermanos costaleros para sacar únicamente el paso de nuestro Cristo. La propuesta es aceptada en dicha Junta, autorizándonos a efectuar los primeros ensayos con las parihuelas del paso de palio, a condición de que no se le desmonte los respiraderos, ni la peana, como algunos propusieron; ya que dicha operación era bastante complicada y se podían deteriorar ambas piezas.

Algunos miembros de la Junta y estos tres hermanos que habían lanzado la propuesta empiezan por comentar a otros hermanos jóvenes dicho proyecto, con objeto de confeccionar una lista provisional, que se tardó algún tiempo en completar; pues hubo mucha indecisión, mayormente provocada, por la falta de confianza en lograr este objetivo.

En diciembre de 1978 se realizan los primeros ensayos, señalando como día para hacerlo el sábado, día que más tarde se cambiará al viernes, y también, a martes y jueves. En un principio no teníamos nada y partimos totalmente de cero, tardando varias semanas en normalizarse los exiguos resultados que se querían alcanzar. Fueron los primeros ensayos verdaderamente meritorios, y por mucho nos contentábamos con llegar siquiera a la puerta de Agro Aceitunera y volver sin perder el paso al cuarto-almacén de la Hermandad. Lo que fundamentalmente practicábamos en las primeras noches era coger el paso; pues no avanzábamos tres metros, cuando teníamos que parar el paso para recuperar el calzado, que se lo había sacado el compañero de la trabajadera posterior. También se ensayaron las «levantá» y las «arriá», el «paso racheao» y «meter riñones», hasta que al cabo de una semana empezaron a aparecer los primeros costales, las primeras fajas y alguna que otra alpargata o zapatilla, en sustitución de las viejas mantas y cobertores del cuarto de los pasos, únicas prendas que hasta ahora habíamos tenido para realizar los ensayos.

Con la cuadrilla ya más o menos definida, se empiezan a plantear dos cuestiones básicas. La primera, pasarnos al paso de Cristo; pues ensayamos en seis trabajaderas y en realidad son cinco (el paso de Cristo aún no se había ampliado), lo que provocaba demasiado hueco y después, el día de la salida lo íbamos a notar. La segunda, algo más complicada, consistía en buscar a una persona más o menos entendida en este tema, o que al menos tuviera cierta experiencia en alguna cuadrilla de costaleros de Sevilla, para completar nuestros ensayos con otras cosas que nosotros por nuestra propia cuenta no podíamos aprender.

En cuanto a la primera y pese a lo expuesto de salir con un paso de madera dorada en invierno a la calle, la Junta accedió a nuestras peticiones, cambiando inmediatamente al paso de Cristo. La segunda cuestión se resolvió gracias a la colaboración de dos estudiantes de Sevilla, contactando por medio de ellos con un joven aficionado al martillo, que nos pudo sacar de aquélla monotonía y orientar nuestros ensayos hacia la salida procesional.

Las anécdotas de aquellos días son incontables, lo mismo que sus momentos buenos y malos. También hubo algún que otro desánimo, sobre todo en un principio, cuando algunas noches nos íbamos a la calle con dos trabajaderas vacías, con la esperanza de completarlas por el camino. Pero lo que si es cierto, es que todos pusimos el mejor de los empeños en lograr este reto que conjuntamente nos habíamos marcado tan desinteresadamente, hasta el extremo, de ni siquiera coronar nuestros esfuerzos saliendo a la calle aquella tarde lluviosa de Viernes Santo, día 13 de abril de 1979.